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Capítulo 2

작가: Zafira
Una mujer con cola de caballo, toda frágil y "delicadita", se tapaba la nariz mientras le estaba reclamando al hombre a su lado.

Yo miré al tipo: alto, derechito como regla, plantado tieso, con esa cara seria de pocos amigos…

Puse los ojos en blanco.

—¿Ignacio Ramírez, verdad? Soy tu prometida, Beatriz Camacho. Ya, muévete. Búscame un lugar donde descansar.

Y dicho eso, le aventé las maletas hacia él. Ni me importó la cara de "pobre de mí" de la otra. Me levanté y me fui caminando como si nada.

—Ignacio, ¿Beatriz no me quiere? —soltó a mis espaldas, con voz llorosa.

Yo ya venía reventada del viaje, mareada, con ganas de vomitar otra vez. Me subió una rabia que ni yo sabía de dónde salía.

—¿Nos conocemos o qué? Ignacio, ¿eres hombre o qué? ¿Te vas a apurar o qué?

Ni siquiera me molesté en voltear a verles la cara; me fui con un gesto amargo. No avancé mucho y sentí pasos detrás. Miré de reojo: era Ignacio, cargando mi maleta. La cara igual de seria, cero emoción, cero explicación.

Ahí entendí todo. Con una "mosquita muerta" así y un hombre que no sabe ni abrir la boca, ¿cómo no iba a sufrir Ofelia en la vida pasada? Encima ella era orgullosa, de las que se lo tragan todo. Con esos dos, obvio iba a salir perdiendo. Qué mala suerte…

Pero bueno. Yo no soy de esas que aguantan calladas. Si ando contenta, la vida se goza. Y si no estoy contenta, te aseguro que tú tampoco vas a estarlo.

Como el compromiso era real, Ignacio ya había recibido el aviso desde la familia. Sabía que yo venía y, desde temprano, ya tenía listo el papeleo del matrimonio.

Así que no pasó mucho y se armó la boda.

Los papás de Ignacio ya habían fallecido y los míos estaban lejísimos. Al final, los que vinieron fueron puros compañeros del ejército y sus esposas.

Por suerte, hubo ambiente: la boda estuvo movida, bien animada.

—Ay, qué envidia. Nada más por un compromiso de los mayores te tocó casarte con Ignacio. Qué suerte tienes. No como yo…

Y bajó la cabeza, se puso a llorar bajito. De golpe, la fiesta se quedó en silencio, puro sollozo. Los invitados se miraron entre ellos, incómodos. Yo vi a Liliana tapándose la cara, con los hombros temblándole. Y se me escapó una sonrisa.

Me acerqué un par de pasos, me puse de puntillas, le tomé la cara a Ignacio con las dos manos… Le planté un beso, bien sonoro.

Luego levanté la ceja, provocadora, mirando a Liliana.

—Sí, obvio. ¿No que mi suerte es buenísima? Ignacio tiene carrera, tiene cara, tiene cuerpo. Pues claro que a alguien con "buena suerte" le toca casarse con él. Si no, a lo mejor una con mala suerte ni aguanta la presión.

Mientras hablaba, con la mano que tenía en su cintura le di un pellizco bien fuerte. Sonreí, pero con veneno.

—¿Verdad que sí, Ignacio?

Él no cambió la expresión, pero la oreja se le puso roja.

Antes de que dijera algo, Liliana lo miró con ojitos mojados, toda lastimera.

—Ignacio, Beatriz, no se equivoquen: yo de verdad vine a felicitarlos. Si a Beatriz no le agrado, hoy ya no me meto más en la boda, pero…

Y en esas, dos lagrimotas se le rodaron por la cara.

—Ignacio, mañana acuérdate de ir por mí. Todos estos años, este día lo hemos pasado juntos.

Ignacio asintió.

—Mañana alisto todo y paso por ti. No te preocupes.

Y en cuanto lo oí, la mano que tenía en su cintura se me tensó de golpe. Aproveché el movimiento y le metí un derribo de manual.

Con un giro por encima del hombro, lo tiré al suelo.
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