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Renací: Intercambio de Boda
Renací: Intercambio de Boda
작가: Zafira

Capítulo 1

작가: Zafira
—¡Chamaca desgraciada! ¡Bájate ya! Con un contador con trabajo fijo ahí esperándote y tú saliéndome con que te quieres ir a esa isla perdida. ¿De dónde saqué yo a semejante dolor de cabeza?

Ver a mi mamá corriendo al lado del tren, siguiéndome y gritándome de todo, me dejó el pecho apretado. Pero en cuanto recordé cómo terminamos Ofelia y yo en la vida pasada, me repetí una y otra vez: no me estoy equivocando.

Isla Salas es un desierto, y Ignacio no es precisamente alguien fácil.

¿Y qué? Si se puede, bien. Y si no… pues ni modo: se rompe el compromiso y cada quien por su lado.

En la vida pasada, Ofelia se casó con Ignacio y, por un tercero metiche, por malentendidos, se arruinaron la vida entera. Ella, siendo lo más dulce del mundo, terminó marchitada por él.

Por eso esta vez, cuando la vi con el ceño fruncido, con esa cara de tristeza que me partía, no lo pensé: me puse a hacer la maleta.

—Ofelia, a Ignacio me lo encargo yo. Tú cásate con Fernando. No parece la gran cosa a simple vista, pero tiene buen carácter. Ustedes dos, por lo menos se van a poder llevar bien.

Ella se levantó de golpe, con los ojos brillando de alegría. Pero luego se mordió el labio y dijo, firme:

—Bea, Ignacio no es alguien fácil y ya ni hablemos de Liliana. No puedo dejar que tú cargues con mi mala suerte.

—Si esto es un compromiso del que no te puedes zafar, ¿qué más da quién se case? El abuelo nunca dijo qué nieta tenía que ir. Y además, si Ignacio no es fácil, yo tampoco soy ninguna santa. Cuando llegue a Isla Salas, si se puede vivir allá, vivo. Si no se puede, le doy pelea. No te compliques. Lo importante es estar bien.

Y ahí mismo, solté unos golpes al aire, como si estuviera en exhibición.

Ofelia terminó por soltar una risita entre lágrimas y me dio un golpecito en la frente.

—Tú… de verdad…

Ella era bien tiernita. Yo, en cambio, crecí entrenando artes marciales. Yo soy de las que piensan: si se puede arreglar con los puños, ¿para qué tanto cuento?

Por eso con Fernando, tan calladito y metido en los libros, nunca encajé. Yo lo odiaba porque vivía pegado a los libros. Él me odiaba porque decía que yo no tenía "nada de mujer".

Nuestra vida tampoco fue mejor que la de ellos. No pasó ni un año y ya cada quien agarró por su lado.

Así que esta vez, mejor que Ofelia se case con él. Aunque sea, Fernando vive cerca. Hay familia, hay casa, hay gente.

No como en la vida pasada: Ofelia, sola en Isla Salas, tragándose todas las injusticias sin poder contárselo a nadie, hasta enfermarse de tristeza.

Mientras pensaba eso, le apreté la mano y me puse con carita de "porfa", a rogarle, a ponerme intensa.

Al final, ella suspiró, rendida, y asintió.

—Está bien, hagamos el cambio.

Y así fue. Con mi maleta en la mano, me subí al tren rumbo a Isla Salas.

Solo que no me lo esperaba… Pero mi mamá llegó rapidísimo.

¡Si hasta le dejé una carta, clarita, con punto y coma! ¿Qué más quería?

—¡Me voy a Isla Salas a casarme! ¡Y si no se puede, yo sola me regreso! —le grité a mi mamá mientras ella seguía corriendo detrás del tren.

Y bueno… Entre comer y dormir, el tren se aventó tres días y dos noches, y en un parpadeo ya estábamos en la Ciudad Bolí.

Agarré mis cosas, me abrí paso otra vez entre la gente y me subí al barco rumbo a Isla Salas.

Yo juraba que iba a ser lo mismo: dormirme y despertar ya allá. Pero no. Me mareé horrible. Bajé del barco sin fuerzas, apestando a vómito, de ese olor que ni con agua bendita se te quita.

Me senté en la entrada del cuartel, esperando a que Ignacio saliera a recibirme.

Y mientras me acordaba de cómo vomité hasta ver estrellitas… hasta me daba risa de puro alivio: menos mal que vine yo. Ofelia, toda delicadita, ¿cómo iba a aguantar esto?

—Ignacio, ¿por qué huele tan feo aquí? Me siento fatal…

La voz, dulzona y empalagosa, me cortó el hilo. Levanté la vista y ahí estaba…
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    Ni siquiera alcancé a poner mi mejor cara cuando, desde la sala, me cayó un grito que parecía latigazo:—¡De rodillas!Hice puchero, pensando "bueno, lo que viene, viene", y ya iba a arrodillarme cuando Ignacio se me adelantó y se hincó primero. Frente a mi papá, mi mamá y mi abuelo, se puso serio, bien derechito, y habló con una sinceridad que hasta a mí me desarmó un poquito.—Fue mi culpa. Debí venir antes a explicar las cosas y a pedir perdón. Si quieren regañar o castigar a alguien, que sea a mí; no digo ni una palabra. Nada más que Beatriz está delicada, y su parte también la cargo yo.Mi abuelo seguía con el rostro duro, sin mostrar nada.Pero mi mamá ya estaba sonriendo tanto que hasta se le juntaron las arrugas, como si le hubieran servido el postre favorito. Si no fuera porque el abuelo estaba ahí, te juro que mi mamá ya habría ido a levantar a Ignacio y a sentarlo como si fuera rey.—No se enoje, abuelo —me apuré a decir—. Viene un bebé en camino; deme tantita oportunidad. Y

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