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Ni siquiera alcancé a poner mi mejor cara cuando, desde la sala, me cayó un grito que parecía latigazo:—¡De rodillas!Hice puchero, pensando "bueno, lo que viene, viene", y ya iba a arrodillarme cuando Ignacio se me adelantó y se hincó primero. Frente a mi papá, mi mamá y mi abuelo, se puso serio, bien derechito, y habló con una sinceridad que hasta a mí me desarmó un poquito.—Fue mi culpa. Debí venir antes a explicar las cosas y a pedir perdón. Si quieren regañar o castigar a alguien, que sea a mí; no digo ni una palabra. Nada más que Beatriz está delicada, y su parte también la cargo yo.Mi abuelo seguía con el rostro duro, sin mostrar nada.Pero mi mamá ya estaba sonriendo tanto que hasta se le juntaron las arrugas, como si le hubieran servido el postre favorito. Si no fuera porque el abuelo estaba ahí, te juro que mi mamá ya habría ido a levantar a Ignacio y a sentarlo como si fuera rey.—No se enoje, abuelo —me apuré a decir—. Viene un bebé en camino; deme tantita oportunidad. Y
Apenas dijo eso, a Claudio se le fue la sangre de la cara. Empezó a sudar como loco, se le dibujó el pánico en la cara, y de inmediato se le fue encima a Liliana y la agarró del brazo, queriendo callarla a la fuerza.Desde donde yo estaba, vi clarito la mirada que le lanzó: pura amenaza, puro "cállate o te va a ir peor".—Ni se te ocurra decir tonterías —le soltó entre dientes—. No vas a venir a meterme en esto solo porque quieres ayudar a Ignacio y te conviene delatarme. Yo tengo esposa e hijos, ¿me oyes? Si tú te metes conmigo, ¿qué pasa con tu nombre? ¿Tu reputación? ¿Todavía te importa o ya no?Con eso, Liliana parpadeó, la cabeza le dio un vuelco, y cambió de rumbo en un segundo. Se le llenaron los ojos de lágrimas, giró la cara hacia Rafael y Ignacio, y se puso en modo víctima, con voz temblorosa.—Ignacio, perdón. Todo lo hice porque me dan celos que Beatriz haya logrado casarse contigo. Y lo de hace rato también fue porque ella se enojó por todos los recuerdos bonitos que tenem
Esta isla es chiquita, no hay mucha gente, y ellos dos ni siquiera parecían intentar esconderse; así que lo de Liliana y Claudio se corrió la voz rapidísimo.Pero ni Ignacio ni yo somos chismosos. Él se la pasaba metido en el cuartel, entre entrenamientos y misiones; y yo, la verdad, no quería quedarme toda la vida "de adorno", como si mi único trabajo fuera respirar.Lo hablé con Ignacio, movimos cosas y saqué adelante el plan de cooperación con el ejército.Mi idea era montar una planta de procesamiento de alimentos en la isla: usar el coco y los productos del mar como materia prima. Así el ejército tenía un ingreso extra, y los isleños también podían ganarse algo más, algo fijo, algo decente.Yo venía motivadísima, con el pecho inflado, lista para hacerlo en grande. Y justo al empezar, me cayó el primer golpe.Una tormenta, un tifón de esos que no perdonan, y por poco mi esfuerzo se me iba directo al fondo del mar.Cuando vi la fábrica hecha pedazos, con láminas dobladas, cosas tira
En los días que siguieron, Liliana no volvió a aparecerse por acá.En cambio, los que antes me habían acusado y me habían mirado feo, de vez en cuando me traían verduras que ellos mismos cultivaban; y cuando bajaba la marea, hasta me invitaban a ir con ellos a marisquear, a sacar mariscos y cositas del mar.Y así, sin prisa, la vida se fue acomodando.Casi sin darme cuenta, empecé a agarrarle cariño a esta isla y lo mío con Ignacio también se volvió cada vez más estable, más tranquilo, como si por fin estuviéramos aprendiendo a vivir juntos.Todo iba mejorando, pero aun así yo sentía algo raro, como si hubiera una piedrita en el zapato. No sabía qué, solo que por dentro me quedaba una incomodidad, una sensación rara.Hasta que un día, yo venía feliz, cargando una bolsa con mariscos recién recogidos, y al llegar a la casa vi a Ignacio afuera, caminando de un lado a otro con el ceño fruncido. Traía algo en la mano, y se le veía la urgencia en la cara.En cuanto me vio, se me vino encima
—Ignacio, tú les prometiste a mis papás que ibas a cuidarme, ¿y así nomás vas a dejar que tu esposa me maltrate? Si no hubieran llegado rápido, hoy ya estaría muerta.Liliana tenía los ojos rojos, la cara toda de víctima, mirándolo como si el mundo se le fuera a acabar. A mi alrededor, la gente también me lanzaba esas miradas raras.—Tienes razón —dijo Ignacio. La miró un segundo y asintió.Yo, en ese instante, me maldije por haber sido tan ciega y casarme con semejante tipo. Ya estaba lista para armar un escándalo y hacer que todo estallara, cuando él se me acercó y me apretó la mano tan fuerte que no hubo manera de zafarme.—Entonces, que investiguen. Lo que pasó hace un rato se puede reconstruir: con las huellas y por cómo quedó todo, no es difícil. Si fue Beatriz, no la voy a encubrir; pero si a mi esposa la están culpando de algo que no hizo, tampoco lo voy a permitir.Apenas lo dijo, la gente alrededor empezó a asentir como si fueran jueces, y el más entrometido de todos ya salió
Vi a Ignacio venir corriendo como loco, y a Liliana con esa cara de horror, toda fingida, como si de verdad estuviera asustada. A mí se me subió la rabia al pecho: qué fastidio con los hombres que van por la vida como un imán, atrayendo problemas.Así que giré y nadé con todas mis fuerzas hacia ella. ¿Yo me voy a quedar esperando a que un hombre venga a salvarme? Yo no lo necesito y tú tampoco te vas a salir con la tuya.Se notó que no se lo esperaba, porque Liliana se quedó pasmada, pero en cuanto la alcancé y la agarré, empezó a forcejear como si de verdad se estuviera ahogando; todavía gritaba con todo el descaro:—¡Ignacio! ¡Sálvame!Pura actuación, y como vi a Ignacio ya listo para tirarse al mar, ni lo pensé: le di un golpe y la dejé noqueada; luego, sin ninguna delicadeza, la arrastré hacia la orilla.Por suerte no estábamos lejos. En un ratito ya tocamos tierra, y apenas llegamos, Ignacio quiso acercarse a ayudar, pero yo se lo solté de frente:—¡Tú aléjate! Hoy la tocas y maña







