Apenas dejé la lista de regalos en su sitio, la puerta se abrió.Pablo entró apestando a alcohol. Sin la menor vergüenza, se dejó caer a mi lado y dijo, con la voz pastosa:—Desapareciste unos días; pensé que por fin tenías dignidad y no ibas a volver. Pero mira: no puedes vivir sin mí. Volviste solita, bien obedientita.Le faltó decir en voz alta que yo había regresado para volver a sacarle dinero. O quizá, desde el principio, para él yo no era más que eso: una interesada.Ni siquiera levanté la mirada. Me hice a un lado, esquivando el brazo que él intentó pasarme por los hombros.Se quedó congelado por un segundo, miró su mano, luego me miró a mí y decidió que yo solo estaba haciendo berrinche por los dos mil dólares.—Me eché unas cervezas —dijo, como si nada—. Tengo sed. Tráeme un vaso de agua.Siempre fue así: se le escapaba ese aire de "niño rico", de heredero de la élite.Y sin embargo, cuando me buscó hace siete años, actuó como si no tuviera nada. Con una actuación malísima se
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