Cayó la noche.En el salón privado del restaurante, todo se veía antiguo y elegante, con ese aire de tradición que algunos creen refinado.Cuando Celina llegó, Héctor y Violeta ya la esperaban allí.Apenas la vio entrar, Violeta se levantó de golpe. Se la veía incómoda, nerviosa. Tenía los ojos rojos, como si ya hubiera llorado.—Celina… —susurró, tímida.Héctor también se apresuró a acercarle la silla, demasiado servicial.—Celina, siéntate.Celina ni lo miró. Su mirada cayó sobre Violeta, con una sonrisa que no era del todo una sonrisa.—¿Y esa cara? Cualquiera que no supiera, hasta pensaría que yo te hice algo.Violeta se puso más pálida y agitó las manos.—No, no, es que yo… yo me siento culpable.Mientras hablaba, tomó la copa de la mesa y la sostuvo con ambas manos, y se la ofreció a Celina.—Celina, esta copa es para ti. Para pedirte perdón. Por favor, no te enojes conmigo, ¿sí?La postura era tan sumisa que casi daba risa.Héctor, al lado, se sumó al coro.—Sí, Celina, perdónal
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