—Isabelita, si no fuera porque tú le diste trabajo a César, ni siquiera podría quedarse en esta ciudad. Su mamá ya se murió y punto; no es para tanto. Por lo menos ya no puede usar esa excusa para sacarte dinero. Si vas a buscarlo ahora, solo le estás dando la oportunidad de meterse en tu cabeza. Los hombres nos entendemos: César está jugando a eso de "me voy" para que le ruegues.Por un instante, noté que, para Isabel, Marco, el hombre que tenía enfrente, era un extraño.Ella sabía perfectamente de lo que yo era capaz. En estos años, con mi trabajo, la empresa había crecido y había generado valor. Y aun así, Isabel había estado frenándome a escondidas.Era una vida, y Marco hablaba de la muerte de mi mamá como si no valiera nada.Isabel acababa de repasar, una por una, las cosas que habíamos vivido. Ella nunca había gastado un centavo en mí; no había nada de "interesado".Y de golpe lo entendió: cada vez que me quebré, cada vez que grité, que expliqué, que me defendí, ella ya venía pr
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