Irene, cuando se pone nerviosa, sí que tartamudea.—Ya entendí —le dije, riéndome—. Mañana me pongo mi ropa favorita. No le des tantas vueltas; yo no pienso tanto en eso.***A la mañana siguiente, abrí el clóset.Y al ver que la mitad del clóset era ropa que Irene me había regalado, me llevé la mano a la frente y se me escapó una sonrisa amarga.¿Cuál le gustaría más? Me acordé de su cara cada vez que me daba un regalo, y no pude sacar nada en claro. Porque ella no parecía preocuparse por si a mí me gustaba, sino solo por si yo iba a amarla o no.Tres horas después, por fin me decidí: una camisa azul claro. Perfecta para combinar con el reloj.Irene quería pasar por mí, pero le dije que no. Quería llegar solo y darle una sorpresa; quería que me viera y lo entendiera sin palabras: que me gustaba su regalo, que me gustaban todos los que me había dado.Solo que no esperaba toparme con Isabel antes de llegar. Apenas la vi, aceleré el paso para irme, pero me agarró de la muñeca.Yo me zafé
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