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Capítulo 3

Author: Alicia Valeria Leal González
—¿Ves? Claro que es por el dinero de Isabel. Si no fuera por ella, ¿tú podrías pagar un departamento así?

—Isabelita, el próximo mes mejor cancela el alquiler. No puedes dejar que un extraño se aproveche. O que César firme un pagaré, ¿no? Eso sí sería justo.

Si no hubiera consecuencias, ya les habría metido un par de puñetazos a cada uno.

Pero si de verdad les levantaba la mano, ellos encontrarían la forma de sacarme dinero. Ese es el pasatiempo favorito de la gente con dinero y sin clase: provocar, y luego hacerse la víctima.

Siete años. Ya les seguí el juego suficiente, no iba a seguir.

—No voy a firmar ningún pagaré. Si quieres dinero, demándame. A ver si el juez te da la razón. Yo tampoco me voy a quedar aquí. Y ya que quieres pasar la noche, acuérdate de darle a Isabel tu parte del alquiler. Si no, tú también serías igual de interesado.

Di un paso para irme, pero Isabel me sujetó del brazo.

La sonrisa burlona ya no estaba. En su lugar, apareció un enojo contenido, como si yo fuera el que se estaba pasando de la raya.

—¿De verdad te vas a poner así? Marco y yo solo estábamos bromeando. Piénsalo bien: si te vas, jamás vas a volver a vivir en un lugar tan bueno.

Yo sí estaba equivocado, de una forma ridícula.

No debí titubear ante la idea de terminar cuando supe quién era en realidad, cuando confirmé que era esa niñita rica intocable de la élite y me endulzó el oído con un par de frases.

Tampoco debí creerle cada vez que decía que ella quería una relación igualitaria, que el dinero no debía estar por encima de nada, mientras me miraba como si yo siempre estuviera calculando cuánto sacarle.

Y aun así, yo me aferraba a esos recuerdos.

Recordé aquel invierno helado, cuando me calentó los pies con los suyos; cuando me dolía la cabeza, me cubría con sus manos tibias, con una suavidad que parecía real.

Nos quisimos, fuimos dulces, y el dinero no tendría por qué mancharlo.

—Isabel, terminamos.

Hasta que la palabra "terminamos" salió de mi boca, por fin se le borró la sonrisa. Y en su cara apareció un destello de pánico.

—¿Terminar? ¿Tú… estás terminando conmigo? No lo acepto. ¿Con qué derecho me dejas? ¡Ya basta de tus berrinches!

Ella siempre se ponía por encima, como si estar conmigo fuera un favor.

Yo la miré, sin emoción.

—No es berrinche. Si todos los días piensas que soy un interesado, que quiero tu dinero, entonces busca a alguien de tu nivel. Alguien que te parezca digno. Quédate con tu relación "justa".

No quería decirle una palabra más. Me di la vuelta y entré al cuarto, a seguir empacando.

Pasaron quizá treinta segundos, y entonces escuché su grito desde afuera:

—¡César! ¡No vayas a arrepentirte!

No respondí. Tampoco me importó cuando ella y Marco azotaron la puerta y se fueron.

Aguanté siete años un amor al que trataron como si fuera un robo.

Yo no la culpé por no haber podido salvar a mi madre. Ella, en sentido estricto, no tenía obligación de prestarme nada.

Pero cuando yo más necesitaba ayuda, cuando incluso con un pagaré habría sido capaz de arrodillarme para salvarla, ella me ignoró.

Y encima, mientras mi madre sufría, ella seguía llamándome "interesado".

En ese instante, con todo lo que fuimos, yo me rendí para siempre.

***

De madrugada, con todo mi equipaje a cuestas, caminé por calles vacías. En Beu no había un lugar para mí, y yo también había perdido las ganas de quedarme.

Mi madre ya no estaba; mi relación ya se había hecho pedazos. Cada segundo que me quedara aquí solo me sumaba tristeza.

Sin saber a dónde ir, pasé la noche sentado en la sala de espera de un hospital cercano.

A la mañana siguiente, lo primero que hice al llegar al trabajo fue presentar mi renuncia.

Cuando mi director recibió mi carta, se quedó con los ojos como platos.

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