ELENACon ocho meses de embarazo, el vástago medio-sangre que llevaba dentro me había hecho pasar un infierno. Y aun así, ahí estaba yo, de pie frente a la sala de consulta prenatal, viendo a mi esposo, el mismo que aseguraba no poder acompañarme por “trabajo”, proteger a su primer amor de la luz del sol que entraba por los ventanales del pasillo.Ryan la atrajo y acomodó el paraguas con cuidado para bloquear la luz. Lo vi todo: le dio un beso suave en los labios.—No te preocupes —murmuró—. No voy a dejar que nada te haga daño, ni a ti ni al bebé. Los voy a proteger a los dos.Me había dicho las mismas palabras a mí alguna vez. Pero comparado con esto, lo que me dio a mí parecía una ocurrencia de último momento.Lilian, el primer amor de Ryan. Había escuchado su nombre incluso antes de nuestra boda, susurrado entre algunos de sus amigos.Lilian se había adentrado por accidente en el mundo vampírico. Ryan la rescató cuando estaba herida, la cuidó hasta que se recuperó, y los dos se ena
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