Daniel era su orgullo, el centro de su vida.En los últimos días, entre la fiebre, la neumonía y la falta de apetito, ella estaba desesperada.Alguien que antes apenas cocinaba, ahora pasaba horas en la cocina probando recetas, solo para que Daniel recuperara fuerzas.Y pensar que Victoria había llevado a su precioso hijo a ese estado.Melisa la odiaba con todo su ser, hasta el punto de querer matarla.Tanto que cada día, al picar carne, lo hacía con tal fuerza y estruendo que los sirvientes temían que ocurriera una tragedia en la cocina.—Mijo, ya llegué.—Mira lo que te traje. —Tu sopa de hueso de res favorita, encargué la carne más fresca de la granja.—La enviaron por avión, pruébala.—También te hice salmón y centolla, tus preferidos.Desde niño, a Daniel le encantaban la carne y los mariscos.Melisa le había preparado todo lo que le gustaba.Pero ahora, la comida no le despertaba el más mínimo interés.Al oír a su madre describir los platillos con entusiasmo, Daniel apenas les d
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