—Guárdate tus aires de víctima, ¡no sirve de nada, Daniel!—Cuando ignorabas mi dolor, tendrías que haber imaginado que terminarías así.—¡Suéltame! Solo consigues que me parezcas aún más asqueroso.Aquellas palabras nublaron la visión de Daniel. Parpadeó, con los ojos inyectados en sangre, pero apretó a Victoria con más fuerza aún.Con una voz siniestra, dijo:—No pienso soltarte, y mucho menos dejar que estés con Hugo. —Mientras no firmemos el divorcio, sigues siendo mi esposa. —¡Esta noche te vienes conmigo a la Residencia Caoba!—¡Maldita esposa, maldita Residencia Caoba!Victoria estalló por completo. Una fuerza salvaje brotó de ella. De repente, flexionó la rodilla y, con todas sus fuerzas, se la clavó en la entrepierna.Daniel se dobló de dolor, el cuerpo arqueado, y aflojó la mano sin querer.Victoria aprovechó el momento. ¡Dio media vuelta y le asestó un codazo en el pecho!Daniel cayó hacia atrás y su espalda golpeó con fuerza contra la puerta del auto.Victoria se libe
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