Aún no entendía.Incluso después de todo, creía que si la oferta era lo bastante grande, yo debía aceptarla con gratitud.—Es suficiente, Adriano —lo interrumpí—. Esto se acabó. No quiero tu dinero, ni tus disculpas, ni tus planes. Lo único que quiero de ti es el divorcio firmado.El dolor le cruzó la cara con tanta claridad que, alguna vez, me habría conmovido.Ya no.Él no comprendía por qué, después de apartar a Viviana y ofrecerme todo lo que él consideraba importante, yo seguía firme.—Serafina, nunca quise que esto terminara —dijo, bajando la voz hasta el ruego—. Eres mi esposa. ¿Qué quieres que haga?Estaba demasiado cansada para tener paciencia.—Adriano, tú siempre estás tan seguro de que la gente debe agradecerte con solo notar su existencia. Si proteges a alguien, te debe lealtad; si te cansas de esa persona, debe desaparecer en silencio y llamarlo destino.Él se quedó muy quieto.—Pensaste que, como yo venía de abajo y me casé con tu apellido, solo podía sobrevivir aferránd
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