El almacén olía a óxido y a gasolina vieja.Me llevaban a rastras, con las muñecas atadas por delante y la cabeza descubierta ya —Morrison ya no necesitaba esconderme de nada—, y aun así mi mente no dejaba de trabajar. Contaba pasos. Contaba hombres. Contaba salidas.Cuatro guardias a mi alrededor. Uno delante, tres detrás. Armas cortas, ninguna en las manos, todas al cinto. Confiados. Estúpidamente confiados.Sentí el material de la brida clavándose en la piel cada vez que forcejeaba un poco, solo para medir cuánto daba de sí. Y entonces lo noté: el anillo.Mi anillo de bodas.El que Marco me devolvió antes de salir. “Para que tengas una razón para regresar, había dicho”. Nadie mencionó que también sería un medio para escapar.Giré la piedra con el pulgar, despacio, como quien juega con los nervios. Debajo, donde cualquiera solo vería un engarce, había una pieza diminuta, apenas más gruesa que una aguja. Dante me había enseñado a usarla meses atrás, en una de esas noches de entrenami
Última actualización : 2026-08-26 Leer más