En las últimas tres semanas, la vida había adquirido un tinte distinto. No todo era perfecto —seguían los silencios incómodos con papá, las miradas furtivas en la escuela, las bromas pesadas de Kate—, pero Jacob y yo habíamos aprendido a movernos dentro de un espacio propio, discreto e invisible para los demás, como si existiera una frecuencia a la que sólo nosotros podíamos sintonizar. A veces era un café rápido después de clases, en el que él insistía en probar postres que me hacían reír porque no encajaban en absoluto con su imagen seria de adulto responsable. Otras eran caminatas sin rumbo fijo: él con las manos en los bolsillos, yo intentando alargar cada conversación, incluso las más simples, sólo para escuchar su voz un poco más. Hubo citas en museos peque&n
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