Desperté con un sobresalto. La cabeza me daba vueltas y el suelo estaba helado, áspero contra mi mejilla, como si me hubiera quedado dormida sobre piedra. Abrí los ojos de golpe, pero la oscuridad era tan espesa que, por un instante, pensé que había perdido la vista. Parpadeé varias veces, respiré hondo, hasta que la penumbra empezó a definirse en contornos imprecisos: sombras húmedas, paredes sin rostro, un espacio que no reconocía. El aire estaba viciado. Olía a cemento húmedo, a polvo viejo, a encierro. Cada respiración me raspaba la garganta. Me incorporé lentamente. Los músculos protestaron, rígidos, y el equilibrio me falló por un segundo, como si mi cuerpo no terminara de obedecerme. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza irregular, desordenada. Entonces lo escuch&e
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