La semana transcurrió con una rutina que parecía reconstruida a medias. Entre la escuela, los deberes y las tardes en casa, trataba de que todo volviera a un ritmo reconocible, aunque nada lo era del todo. En el desayuno, papá seguía cocinando panqueques como si fuera un ritual sagrado para mantenernos en pie. Me acompañaba al colegio siempre que podía y, algunas noches, cuando creía que yo no lo escuchaba, hablaba por teléfono en voz baja, con el estudio cerrado y las luces encendidas hasta muy tarde. Una vez alcancé a escuchar la palabra «custodia» y comprendí, sin necesidad de más explicaciones, que se estaba moviendo con el abogado. No lo mencionamos. Era como un pacto silencioso: él me cuidaba, yo lo dejaba cuidarme. En la escuela, los comentarios, aunque ciertamente más disimulados, no habían cesado. Christine, con su
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