Nadie sabía que, en la cama, Gustavo era diestro, implacable y peligrosamente descontrolado.Antes, Laura amaba con locura a ese Gustavo. Incluso había creído con ingenuidad que, cuanto más posesivo se mostraba cuando hacían el amor, más le importaba; que cuanto más perdía el control, menos riesgo corría ella de perderlo.Si Laura era una pequeña embarcación solitaria a la deriva en un mar profundo, golpeada sin piedad por las olas, entonces Gustavo había sido su puerto. Se aferró a él, convencida alguna vez de que sería su destino final, tratando de no soltarlo jamás.Al final comprendió que todo no había sido más que una ilusión. Gustavo no era el puerto de nadie. Y ella, aquella pequeña embarcación, estaba destinada a no encontrar nunca dónde atracar.—¿El alcohol no solo se te subió a la cabeza, sino que también te dejó sorda?La voz fría del hombre sonó y arrancó a Laura de sus pensamientos.En algún momento había dejado a un lado el periódico financiero y se había levantado del s
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