En el bufete de los Varkas en Barranquilla no hubo flores, ni marchas nupciales, ni listas de invitados. Fieles a la tradición del clan, Lina y Junior estamparon sus firmas en el libro notarial con la misma precisión ejecutiva con la que cerraban las transacciones en la casona. La verdadera boda en esa estirpe no requería espectáculos públicos; los Varkas no hacían fiestas ni celebraciones multitudinarias. Para que el mundo supiera a quién pertenecía la lealtad y el respeto de la familia, bastaba con la palabra dada y la presencia firme en los círculos del poder. Esa misma noche, la casona de Puerto Colombia acogió una cena estrictamente íntima. Solo la familia inmediata rodeaba la imponente mesa de caoba: Adalmo, el patriarca Varkas, Elena con el recién nacido en brazos, la madre de junior,Ruda y una Caelum cuyo vientre ya delataba claramente la espera de los mellizos. Al finalizar el segundo plato, Junior se puso de pie. Su figura, imponente bajo la camisa de lino blanco, dominó
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