Dario soltó el plato de fruta, haciendo que las fresas y los arándanos rodaran por todas partes.Serafina, sentada en el suelo, levantó la mirada con los ojos anegados en lágrimas calculadas para provocar la máxima compasión.—¿Por qué me empujaste, Viviana? Creí que ya no me odiabas. ¿Por qué tuviste que hacerme esto otra vez?Me quedé callada, limitándome a mirarla desde arriba. Sabía que fingía; después de todo, como robot de IA, sus lágrimas estaban simuladas digitalmente, sus temblores eran generados por algoritmos, y esa sonrisita disimulada, visible solo para mí, estaba programada en ella.Mamá se acercó a toda prisa, y su expresión pasó del asombro a la furia más pura en cuestión de segundos.—¿Qué significa esto? ¿Por qué empujaste a Serafina?—Serafina fue quien me ordenó que la empujara, mamá.Serafina sollozó, con voz vacilante y una vulnerabilidad bien ensayada, mientras decía:—Estás mintiendo. ¿Por qué te pediría que me empujaras? Solo quería desearte feliz cumpleaños, V
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