LOGINMis padres piensan que no soy lo suficientemente femenina, así que adquieren a una hija IA, dócil y dulce, llamada Serafina Moretti. El día que traen a Serafina a casa, toda la familia se ensaña conmigo. Papá odia que sea mala en los estudios, al contrario de Serafina, que absorbe cualquier conocimiento con solo procesarlo una vez. Mamá arruga la nariz ante mi personalidad alegre y activa. Por lo visto, no soy lo bastante sumisa, algo que la fastidia y le provoca jaquecas constantes. Mi hermano mayor, Dario Moretti, también me regaña todo el tiempo. —¡Eres una vergüenza para la familia Moretti! ¿Qué más sabes hacer aparte de comer y dormir? Incluso Serafina tiene el descaro de burlarse de mí, así que, en un arranque de rabia, la empujo al suelo. La expresión de mamá se ensombrece. Luego me da una fuerte cachetada. —¡Serafina es tu hermana! Si fueras tan dócil como ella, no me fastidiarías hasta el punto de provocarme estos dolores de cabeza. —¡Ya es hora de que aprendas a ser una hija obediente y comprensiva en una academia de corrección conductual! Y así, me obligan a estudiar ahí. Dos años después, mi familia me recoge de la academia. No paran de llamarme por mi nombre, pero yo nunca les respondo. El profesor Luca Caruso los corrige con una sonrisa: —Señora Moretti, debe pronunciar la palabra clave: “Activar”. Solo entonces NS-5 responderá por su cuenta.
View MoreTiempo después me aceptaron en la Universidad de Crownsbridge para estudiar psicología. Papá leyó la carta de admisión cinco veces el día que llegó. Mamá comentó que nunca había sido tan minucioso, ni siquiera cuando auditaba los libros contables de la familia.Durante una reunión de la familia, Dario levantó su copa y anunció:—¡Viviana Moretti, mi hermana, fue admitida en la Universidad de Crownsbridge!Habló tan fuerte que todos en la reunión lo escucharon, y varios amigos de la familia alzaron sus copas para felicitarnos. Papá mostró una sonrisa genuina, poco frecuente, que no era de fachada ni por conveniencia profesional.Apenas me gradué, me uní a una organización sin fines de lucro que ayudaba a niños que habían salido de lugares como las “instituciones correccionales”.Sus padres los habían enviado allí, creyendo que eso los “arreglaría”. Anhelaban hijos más obedientes, más pasivos y más fáciles de manejar; en cambio, acababan decepcionados, porque los niños que salían de esos
Desde ese día, pareció que poco a poco regresaba a la vida. Aún reaccionaba a las palabras que sonaban como órdenes y me ponía firme por instinto, aunque pasaba con menos frecuencia.Mamá dejó de usar comandos. Ahora me preguntaba si quería caminar por el jardín en lugar de mandarme a hacerlo.Papá me consultaba si quería retomar aquel set de Lego que tanto me gustaba antes. Era el modelo de un barco velero que había empezado dos años atrás, pero que tras la llegada de Serafina quedó por completo en el olvido.Dario ponía delante de mí los cómics más recientes para ver si me interesaba leerlos. Después abría uno él mismo y fingía estar fascinado con la lectura, esperando a que yo se lo arrebatara.Al principio solo me los quedaba mirando, sin saber cómo reaccionar. Pero nunca me presionaban. Esperaban con paciencia, preguntándome una y otra vez, intentando todo el tiempo entablar conversación conmigo.Mamá solo me sonreía si no respondía y decía:—Está bien, puedes tomarte tu tiempo pa
Al final, la historia de la academia de corrección conductual estalló en todas las noticias. No se trató de un único reportaje; la noticia estaba en todas partes. Apareció en la portada del Novarra Times, encabezó el noticiero más importante del país, y se volvió viral en todas las plataformas de redes sociales. La vio todo el país.En las secciones de comentarios reinaba el alboroto.“Envié a mi hija a esa academia hace dos años, y desde que volvió ya no sabe sonreír. No he vuelto a ver un gesto de alegría en su rostro, a pesar de que antes era la capitana de las porristas en su escuela”.“Me acordé de un niño que vivía al lado; rebosaba de vida antes de que lo enviaran a ese internado. Escuché que se arrojó de un edificio y se suicidó al poco tiempo de regresar de la academia. Y eso que apenas tenía dieciséis años”.“¿Cómo se puede considerar una celda de aislamiento como una forma de educación? ¡Es literalmente secuestro y maltrato infantil! ¡Ni a mi perro lo metería en un lugar así
Abrí la puerta y me encontré con mamá parada ahí. Estaba vestida con un camisón y tenía el cabello un poco húmedo, mientras sostenía una caja gastada entre las manos. Entró, dejó el contenedor sobre mi regazo y susurró:—Abre la caja, Viviana.Obedecí la orden. Al levantar la tapa, vi que el interior estaba repleto de objetos de mi infancia: mi primer diente de leche, mi primer dibujo de la escuela, la muñeca de trapo desgastada que Dario me regaló para mi décimo cumpleaños y un grueso fajo de fotografías.En cada foto yo aparecía sonriendo con la nariz arrugada, acurrucada junto a mi familia bajo una luz solar enceguecedora.Mamá se arrodilló frente a mí y recorrió mi cara en las imágenes con la yema del dedo, mientras murmuraba:—Antes eras tan feliz, Viviana. Te ordeno que recuerdes todo esto. Todo eso eres tú, Viviana.Toqué la fotografía de la niña que sonreía con tanto brillo y sentí un palpitar muy leve en el pecho. No era una respuesta detonada por una directriz, sino algo que
Dario soltó el plato de fruta, haciendo que las fresas y los arándanos rodaran por todas partes.Serafina, sentada en el suelo, levantó la mirada con los ojos anegados en lágrimas calculadas para provocar la máxima compasión.—¿Por qué me empujaste, Viviana? Creí que ya no me odiabas. ¿Por qué tuvis
En los días que siguieron, me convertí en la herramienta más útil de la casa.Limpiaba con más eficacia que Serafina en cuanto mamá daba la orden. Reorganicé toda la biblioteca yo sola, bajo las instrucciones de papá. Me movía más rápido que el sabueso de caza de Dario cuando él me ordenaba sacar al
Era la hora de la cena y todos ocuparon sus lugares en la larga mesa del comedor. Serafina se sentó a la derecha de mamá, Dario a la izquierda de papá, mientras que a mí me relegaron al extremo más alejado. Antes yo ocupaba el sitio donde ahora estaba Serafina, pero mamá me trasladó al pie de la mes
Antonio Moretti —mi papá y el Don de la familia Moretti en Novarra— estaba de pie junto a la puerta del estudio, observando todo en silencio. Su semblante era indescifrable y mantenía los labios apretados con firmeza.Camilla Romano, mi mamá, estaba de pie frente a mí. Sujetaba con fuerza el collar












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