MasukTiempo después me aceptaron en la Universidad de Crownsbridge para estudiar psicología. Papá leyó la carta de admisión cinco veces el día que llegó. Mamá comentó que nunca había sido tan minucioso, ni siquiera cuando auditaba los libros contables de la familia.Durante una reunión de la familia, Dario levantó su copa y anunció:—¡Viviana Moretti, mi hermana, fue admitida en la Universidad de Crownsbridge!Habló tan fuerte que todos en la reunión lo escucharon, y varios amigos de la familia alzaron sus copas para felicitarnos. Papá mostró una sonrisa genuina, poco frecuente, que no era de fachada ni por conveniencia profesional.Apenas me gradué, me uní a una organización sin fines de lucro que ayudaba a niños que habían salido de lugares como las “instituciones correccionales”.Sus padres los habían enviado allí, creyendo que eso los “arreglaría”. Anhelaban hijos más obedientes, más pasivos y más fáciles de manejar; en cambio, acababan decepcionados, porque los niños que salían de esos
Desde ese día, pareció que poco a poco regresaba a la vida. Aún reaccionaba a las palabras que sonaban como órdenes y me ponía firme por instinto, aunque pasaba con menos frecuencia.Mamá dejó de usar comandos. Ahora me preguntaba si quería caminar por el jardín en lugar de mandarme a hacerlo.Papá me consultaba si quería retomar aquel set de Lego que tanto me gustaba antes. Era el modelo de un barco velero que había empezado dos años atrás, pero que tras la llegada de Serafina quedó por completo en el olvido.Dario ponía delante de mí los cómics más recientes para ver si me interesaba leerlos. Después abría uno él mismo y fingía estar fascinado con la lectura, esperando a que yo se lo arrebatara.Al principio solo me los quedaba mirando, sin saber cómo reaccionar. Pero nunca me presionaban. Esperaban con paciencia, preguntándome una y otra vez, intentando todo el tiempo entablar conversación conmigo.Mamá solo me sonreía si no respondía y decía:—Está bien, puedes tomarte tu tiempo pa
Al final, la historia de la academia de corrección conductual estalló en todas las noticias. No se trató de un único reportaje; la noticia estaba en todas partes. Apareció en la portada del Novarra Times, encabezó el noticiero más importante del país, y se volvió viral en todas las plataformas de redes sociales. La vio todo el país.En las secciones de comentarios reinaba el alboroto.“Envié a mi hija a esa academia hace dos años, y desde que volvió ya no sabe sonreír. No he vuelto a ver un gesto de alegría en su rostro, a pesar de que antes era la capitana de las porristas en su escuela”.“Me acordé de un niño que vivía al lado; rebosaba de vida antes de que lo enviaran a ese internado. Escuché que se arrojó de un edificio y se suicidó al poco tiempo de regresar de la academia. Y eso que apenas tenía dieciséis años”.“¿Cómo se puede considerar una celda de aislamiento como una forma de educación? ¡Es literalmente secuestro y maltrato infantil! ¡Ni a mi perro lo metería en un lugar así
Abrí la puerta y me encontré con mamá parada ahí. Estaba vestida con un camisón y tenía el cabello un poco húmedo, mientras sostenía una caja gastada entre las manos. Entró, dejó el contenedor sobre mi regazo y susurró:—Abre la caja, Viviana.Obedecí la orden. Al levantar la tapa, vi que el interior estaba repleto de objetos de mi infancia: mi primer diente de leche, mi primer dibujo de la escuela, la muñeca de trapo desgastada que Dario me regaló para mi décimo cumpleaños y un grueso fajo de fotografías.En cada foto yo aparecía sonriendo con la nariz arrugada, acurrucada junto a mi familia bajo una luz solar enceguecedora.Mamá se arrodilló frente a mí y recorrió mi cara en las imágenes con la yema del dedo, mientras murmuraba:—Antes eras tan feliz, Viviana. Te ordeno que recuerdes todo esto. Todo eso eres tú, Viviana.Toqué la fotografía de la niña que sonreía con tanto brillo y sentí un palpitar muy leve en el pecho. No era una respuesta detonada por una directriz, sino algo que
Al regresar a la mansión Moretti, noté que todo había cambiado. Las pertenencias de Serafina no estaban por ningún lado. Aquel cuarto, antes saturado de adornos en dorado champaña, estaba vacío: habían puesto papel tapiz nuevo y renovado todo el mobiliario.También me di cuenta de que mi habitación había quedado exactamente como dos años atrás. Sobre el escritorio había cómics, con los bordes de las portadas empezando a curvarse. En el clóset solo encontré mis viejas prendas favoritas en negro, rojo intenso y azul oscuro, las cuales reemplazaban por completo la paleta de blancos suaves de Serafina.Incluso vi que las paredes estaban cubiertas de nuevo con afiches de mi banda favorita de rock alternativo de Novacrest, con el vocalista de cabello largo al frente.Mamá me condujo al cuarto y me habló en voz baja, como si temiera asustarme.—Mira, Viviana. Dejé todo como antes. Este cuarto es tuyo, y siempre lo fue.Recorrí el lugar con la mirada, repasando aquellos objetos familiares. No
Pasó un largo rato antes de que mi madre lograra articular palabra. Su voz sonaba desgarrada por el llanto cuando exclamó:—¡N-Nosotros somos tu familia, Viviana! ¡Tu padre, yo y Dario somos tu familia, Viviana!Volteé a mirar su cara surcada de lágrimas y dije con una voz desprovista de emoción:—Su instrucción no es clara. Por favor, proporcione una definición estandarizada.Mamá volvió a romper en llanto. Se lanzó hacia mí y me estrechó en un abrazo apretado, con tanta fuerza que parecía querer fundirme dentro de su propio cuerpo.Me quedé completamente inmóvil; al no recibir una orden directa, era incapaz de responder.—¡No hay ninguna definición estandarizada para eso!Mamá prácticamente gritaba; todo el aplomo y la compostura de la esposa del Don se había esfumado.—¡Todo fue mi culpa, Viviana! ¡No debí haberte enviado a esa academia ni haberte obligado a ser obediente! No debí haberte lastimado así por un simple robot IA, así que, por favor, vuelve a ser la Viviana de antes.Pre







