La pantalla del móvil se iluminó sobre la mesa del salón y, al ver las tres letras de su nombre flotando en la penumbra, un respingo eléctrico me recorrió toda la columna vertebral. No tuve ni tiempo de procesarlo o de calmar los latidos de mi corazón; mis amigas, que tienen radares biológicos para el cotilleo y la hormona ajena, se abalanzaron sobre mí como leonas sobre su presa.- ¡Es él! ¡Es el boxeador! ¡Cógelo ya! -susurraron entre risas ahogadas, empujándome y obligándome prácticamente a deslizar el dedo por la pantalla antes de que se cortara la llamada.Al acercarme el teléfono al oído, intentando desesperadamente que no se me notara el tembleque en las manos, su voz entró pausada, grave, con ese tono arrastrado que siempre parece llevar una sonrisa implícita. Es una voz que tiene el maldito superpoder de desarmarme por completo, sin importar el muro que intente levantar.- Hola, señorita, ¿qué tal estás? -su voz sonaba cálida, densa, casi protectora-. ¿Cómo ha ido la mañana e
Última actualización : 2026-05-26 Leer más