Mariana hizo una seña para que guardáramos silencio.—Shh, cállese. Escuche, parece que ahí adentro se oye algo.Desde el fondo del pasillo llegaba un jadeo, mezclado con el arrastre de una cadena sobre el suelo. Agucé el oído y comprobé que era la voz de Karina. No cabía duda de que estaba ahí dentro.Contuvimos la respiración y nos acercamos despacio, siguiendo el sonido. Por la rendija de la puerta se filtraba la luz tenue de una vela, y el arrastre de la cadena resonaba en el pasillo vacío. Karina estaba adentro, tal como temíamos. La tenían atada a una cama, rodeada de toda clase de instrumentos.Al vernos, a Karina se le llenaron los ojos de lágrimas; le temblaban los labios, pero no podía emitir ni un sonido.Tenía la boca amordazada y no podía hablar. Me abalancé para desatarla, y Mariana me siguió. Le quité el trapo de la boca y Karina tosió con fuerza, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas pálidas.—¡Karina, rápido, ven con nosotros! —dijo Mariana.Karina apena
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