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Capítulo 2

مؤلف: Mangonel
En ese momento escuché un ruido afuera, como un roce furtivo. Salí enseguida a ver qué pasaba. Vi a un hombre trepado al muro, a punto de escaparse.

Saqué la linterna, lo alumbré y le grité.

—¡¿Qué haces ahí?! ¡Está prohibido salir de la escuela de noche!

El tipo volteó, muerto de miedo. Solo entonces pude verle bien la cara. ¿No era el mismo hombre al que había encontrado hacía un rato en la arboleda? ¿Y por qué quería salir a esas horas?

Respondió nervioso:

—Yo no… Yo no estudio en esta escuela. Déjeme salir, por favor.

Me puse alerta y le pregunté, desconfiado:

—Hace un momento te vi en la arboleda y ahora me dices que no eres de aquí. ¿Cómo esperas que te crea?

Al tipo casi se le salían las lágrimas de desesperación; no paraba de suplicarme.

—Le juro que no estudio en esta escuela; solo vine a conseguir a una chica. ¿O quiere que se la presente?

—¡No no no no! ¡No me vengas con estupideces! —Por fuera me hacía el serio—. Esto es una escuela, no un burdel. Aquí no hay nada que presentar.

Pero por dentro ya me moría de ganas. Volví a imaginar a aquella estudiante desnuda. Hacía tiempo que venía oyendo que en este instituto había muchas estudiantes vendiéndose.

¿Sería que esa noche por fin me tocaría estar con una?

El hombre sacó una identificación y me la mostró.

—Mire, ya tengo veinticinco; me gradué hace tiempo. ¿Cómo voy a ser estudiante? Déjeme salir y le paso el contacto de ella.

Al hablar de aquella estudiante, hasta se le animó la voz. Empezó a gesticular con entusiasmo.

—Tiene los pechos grandes como melonzotes y tan suaves que casi se les podía exprimir agua.

Lo describía con lujo de detalles, chasqueando la lengua, como si estuviera reviviendo la escena.

Casi logró antojarme; ya de por sí venía caliente, y con eso terminé peor, hasta se me hacía agua la boca.

—¿Estás diciendo la verdad? —No pude evitar preguntar.

Se dio un golpe en el pecho.

—¡Claro que sí! Aquí tengo el comprobante de que le pagué.

Sacó el celular y me mostró el comprobante de una transferencia de cien dólares. Para entonces, ya le creía en un setenta por ciento. Hice un ademán con la mano y le dije:

—Por esta vez te dejo ir, pero que no vuelva a verte por aquí.

El tipo me dio las gracias varias veces, cruzó el muro a toda prisa y se largó. Después regresé a la caseta, me senté y, al recordar sus palabras, me encendí por completo.

Cuánto me gustaría estar con una universitaria; así sentiría que no habría vivido en vano. Pero esos cien dólares me frenaban.

Como guardia ganaba trescientos dólares al mes y todavía tenía que mandarle dinero a mi familia; era imposible ahorrar. Esos días anduve distraído; la escena de aquella noche no se me iba de la cabeza. Incluso cuando veía a alguna mujer vestida de forma sensual, pensaba que era de las que cobraban.

También reforcé la vigilancia contra la gente de fuera; en cuanto veía a alguien sospechoso, no lo dejaba entrar. Con el tiempo, algunas de “esas” de la escuela ya no se aguantaron. Esa noche, como siempre, me tocó hacer guardia.

Estaba en la caseta de vigilancia viendo videos de hermosuras. De pronto, alguien tocó la ventana. Me levanté a ver y era la belleza que había encontrado la otra vez en la arboleda.

Esa noche venía muy arreglada, con un vestidito corto que apenas le tapaba las nalgas y unas piernas carnosas, envueltas en medias negras, de lo más provocativas.

Me quedé con la boca abierta. ¿Qué se traía entre manos al tocar mi puerta a esas horas de la noche? Me llamó por la ventana:

—Guardia, necesito hablar con usted.

—¿Qué se le ofrece a estas horas? —le pregunté.

Entonces entró a la caseta y caminó hacia mí contoneando la cadera; meneó el trasero y me puso las manos en los hombros.

—Déjeme salir un rato esta noche, por favor.

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