Catalina asintió:—Sí, lo comí. —Pero de verdad no hace falta que me manden comida, es mucha molestia.—Te pedí que vinieras a cenar a casa y no quisiste. —Fue Leo, que es considerado contigo, quien le pidió a Rocío que te llevara —dijo doña Carla, enfatizando.Catalina no se lo creyó.Pensó que había sido doña Carla quien mandó a Rocío, y que le atribuía el mérito a Leo.Asintió:—Está bien, ya entendí. —Pero de verdad no hace falta que me envíen comida. Ya comeré suficiente.—Lo que se come fuera nunca es tan bueno como en casa, y los ingredientes no son tan frescos como los de aquí.En eso, doña Carla tenía razón.—Gracias, abuela. —Si tengo tiempo, vendré a comer —respondió, solo por salir del paso.Doña Carla no dijo más, asintió y se fue a su habitación.Catalina entró sigilosamente al estudio de Leo.Revisó con cuidado: no había cámaras.Se acercó al escritorio y encendió el ordenador.La pantalla se iluminó.Los archivos del escritorio eran solo números; Catalina no los ent
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