Catalina soltó una risa fría:—Solo tiene un fuerte sentido de pertenencia. —Por eso, aunque él me sea infiel, no permite que yo lo sea.—¿Esa es la razón? —Félix reflexionó.—Los hombres, en efecto, tenemos un fuerte instinto de posesión.Catalina miró el libro y dijo con tono neutro:—La verdad, las mujeres también lo tenemos.Por ejemplo, aunque ya había decidido dejar a Leo y divorciarse, aún le incomodaba verlo con Laura.Pero esa incomodidad ya no era la misma tristeza extrema del principio.Tal vez ahora, al ver a esos dos desgraciados, solo quería que desaparecieran de su vista para siempre.Se acercaba la hora de cenar, así que Catalina y Félix fueron al restaurante que habían reservado.Durante la cena, siguieron discutiendo temas del seminario. Comieron durante casi una hora, y luego Catalina regresó al hotel.En cuanto abrió la puerta de su habitación, se topó con la mirada profunda de Leo.Catalina dio un respingo y casi gritó.—¡Estás loco!Empujó al hombre con fuerza,
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