Liam bajó la mirada hacia el largo rastro de sangre que Vanessa había dejado al arrastrarse por el suelo.—Está bien —dijo él—. Te dejaré ir.Después de eso, acompañó a Vanessa al juzgado. Liam absorbió toda la deuda él solo y permitió que ella se marchara. Esa fue la última pizca de piedad que le quedaba en el alma.A partir de entonces, su vida terminó de desmoronarse por completo. Se pasaba los días bebiendo en casa. Margaret comenzó a suplicarle día tras día, rogándole que dejara de destruirse de esa manera. En cada ocasión, Liam solo la miraba con una calma espeluznante.—¿No es esto exactamente lo que querías? Un buen hijo que permanezca bajo tu control para siempre. —Esbozó una leve sonrisa—. Mírame. Ahora soy tan obediente. Me quedaré contigo. Me quedaré a tu lado hasta que nos maten a golpes juntos.Al final, Margaret se llenó de terror. Lloró. Súplicó. Le rogó que la dejara ir.Pero Liam solo la contempló y le cuestionó con frialdad:—¿De qué sirve llorar? Cuando Claire llora
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