Mi incorporación a la nueva empresa no resultó tan bien como esperaba. Primero, por alguna razón, mi nombre no aparecía en la lista de nuevos ingresos. El trámite quedó estancado. Después, el director me asignó un proyecto marginal y sin futuro, con un objetivo imposible de cumplir.A los pocos días, por fin entendí cómo funcionaban las jerarquías en la oficina. En teoría, el gerente de nuestro departamento era el joven heredero del grupo. Lo colocaron en el puesto para que se formara dentro de la empresa. A sus espaldas, todos lo llamaban “el hijo de papi”.Sin embargo, quien de verdad mandaba era el director. Llevaba años consolidado en el cargo y lo apodaban “el verdadero jefe”.En público guardaban las formas, pero en privado se disputaban el poder. Tradicionalmente, mi puesto dependía directamente del hijo de papi. Sin siquiera darme cuenta, me vi obligada a tomar partido.Para colmo, mi trámite de aprobación seguía atascado en otra área y el encargado solo dejaba mis mensajes en
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