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Capítulo 3

作者: Mónica Herrera
En cuanto abrí la puerta, me quedé sin palabras. Las sábanas nuevas que había dejado listas con tanto esmero estaban arrugadas y tiradas por el piso. El cuarto de huéspedes estaba lleno de cosas ajenas.

Un oso de peluche gigante, que medía casi la mitad que una persona, ocupaba la cama. Era una forma descarada de marcar territorio. La puerta principal se abrió y, poco después, escuché una risa suave.

—Doctor Frank, muchas gracias por llevarme a ese restaurante. ¡La comida estaba deliciosa! —dijo Yvonne desde la entrada.

—¡Ese postre me hizo olvidar lo mal que me tratan mis compañeras de cuarto!

Tony me vio y se apresuró a explicar con voz monótona:

—Yvonne se peleó con sus compañeras de habitación y ya no puede quedarse en los dormitorios. Piensa mudarse. Como todavía no encuentra departamento, se quedará por ahora en el cuarto de huéspedes.

Solté una risa amarga.

—Tony, hace una semana te dije que Gina vendría a quedarse aquí.

Tony se quedó inmóvil. Por un instante, su expresión me dijo todo lo que necesitaba saber. Lo había olvidado.

Cuando se lo comenté una semana antes, respondió con evidente impaciencia.

—Esas cosas sin importancia deberías decidirlas tú. No me consultes por todo; es agotador.

Eso fue lo que dijo. Pero ahora se mordió el labio y bajó un poco la voz.

—Lo siento…

Alzó una bolsa con un postre. Adoptó un tono conciliador, como si intentara calmar a una niña en plena rabieta.

—Creo que te gustaría el restaurante al que fuimos hoy. Te llevaré este fin de semana.

Miré el logotipo de la bolsa de papel. Era el restaurante al que tantas veces le rogué que me llevara. Por aquel entonces, siempre alegaba que tenía demasiado trabajo.

Tomé la bolsa y la tiré a la basura como si nada. Tony se quedó atónito. Yvonne se acercó y dijo con su dulzura habitual:

—Mary, todo es culpa mía. Puedo compartir la cama con tu amiga. En serio, no me importa.

Solté una risa despectiva. Agarré las sábanas de Yvonne y el oso de peluche gigante y los arrojé al pasillo. Ella gritó y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Mary, necesito esas cosas esta noche! ¿Qué voy a hacer si las tiras así?

Miré hacia el dormitorio principal y mostré una sonrisa cortés.

—Puedes compartir la cama con Tony. En serio, no me importa.

Ella se sonrojó hasta las orejas.

—¡Mary, si no quieres que me quede, solo dilo! ¿Tienes que humillarme así?

Como si yo la hubiera ofendido de la peor manera, Yvonne se cubrió el rostro a punto de romper a llorar, dio media vuelta y salió corriendo entre lágrimas. Tony no fue tras ella; se quedó donde estaba y me miró con desaprobación.

—Mary, ella siempre ha sido un poco despistada e infantil. No desordenó tus cosas a propósito. Si no querías que se quedara aquí, bastaba con decirlo. Le habría reservado una habitación de hotel. No hacía falta que la humillaras de esa manera.

Dejé de sonreír.

—Esta es nuestra casa. ¿No crees que deberías consultarme antes de invitar a alguien a quedarse?

Tony se molestó. Me miró como si mi reclamo fuera un berrinche absurdo.

—En la facultad, sus compañeros la excluyen y eso la tiene muy afectada. Creí que tendrías al menos un poco de compasión, pero lo primero que hiciste fue reclamarme que no te consulté. Además, solo se quedará dos días. ¿De verdad hace falta sentarnos a discutir un arreglo tan insignificante y temporal? Tú tampoco tenías que preguntarme antes de invitar a Gina a quedarse estos días.

Antes, habría llamado por impulso a un amigo para que pasara la noche en casa, solo para ver cómo reaccionaba Tony. Pero ahora me limité a asentir sin inmutarme.

—Tienes razón. No hace falta que nos consultemos.

Ojo por ojo. Según esa lógica, probablemente tampoco tendría que avisarle antes de mudarme de la ciudad y terminar nuestra relación.

***

—Entonces ve a ayudar a Yvonne con la reserva del hotel —dije.

Sostuve la puerta abierta para que Tony saliera, con toda amabilidad. Después me di vuelta, abrí la maleta y empecé a guardar mi ropa. Pero no quedó satisfecho con mi reacción. Me sujetó bruscamente de la muñeca.

—Ella es una adulta, puede reservarlo sola —dijo con fastidio—. Lo importante ahora es otra cosa. ¿Por qué estás haciendo la maleta? ¿A dónde vas?

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