Las luces de la sala se atenuaron y la voz del profesor, suave como la marea, envolvió la conciencia de Adelaide. Poco después, ella se quedó dormida.En la oscuridad, corría desesperada por un pasillo que parecía no tener fin. Tras las puertas, entre borrosas, se escuchaba un llanto tenue, como el de un bebé.—¿Un bebé? —empujó las puertas una a una, pero las habitaciones estaban vacías, salvo por una cuna que se mecía suavemente.El llanto se alejaba. Caminaba descalza sobre los azulejos fríos, sintiendo una opresión en el pecho. Al llegar a la última puerta, solo encontró un pequeño calcetín, colgado delicadamente al borde de la cama. Dio un paso hacia él, estirando la mano para tomarlo... y de pronto, todo desapareció: la habitación, la cuna y el calcetín.Adelaide se incorporó de golpe, sin aliento. Estaba empapada en sudor frío. Al encenderse de nuevo las luces, tan intensas que le dificultaban abrir los ojos, miró sus manos vacías y se sintió perdida.El profesor la observó:—¿
Última actualización : 2026-08-25 Leer más