Nathaniel no soltó mi mano. Al contrario, entrelazó sus dedos largos con los míos, apretándolos con una fuerza que me detuvo el corazón. Sus ojos grises bajaron a mis labios, hambrientos, recordando la locura en el sillón de hacía apenas unas horas. Se inclinó despacio, acortando la distancia hasta que su aliento cálido me rozó la boca, haciéndome entreabrir los labios lista para dejarme devorar otra vez. Pero justo en el último milímetro el se detuvo. Cerró los ojos, tragó saliva y desvió la trayectoria hacia arriba: apoyó sus labios con suavidad sobre mi frente, dejando un beso tierno en la misma. Se puso de pie despacio, frotándose la nuca mientras intentaba recuperar la compostura del jefe intocable. —Ya es tarde vete a tu casa y duerme un poco —dijo con una media sonrisa que no logró ocultar lo mucho que le costaba apartarse—. Mañana ganamos esta guerra. Nos vemos en unas horas. Cinco horas después, el paraíso se fue directo al infierno. A las ocho en punto de la mañana, l
Última actualización : 2026-08-21 Leer más