La noche siguiente, miércoles, la cena familiar de mitad de semana volvió a imponer su ritual. Era una costumbre de la casa desde antes de que Alba pudiera recordarla: Gonzalo no programaba viajes, Victoria no aceptaba compromisos externos después de las siete, Blanca aparecía con puntualidad perfecta. Un pacto no escrito que sobrevivía no porque alguien lo amara, sino porque interrumpirlo exigiría una explicación que nadie quería dar. Era, pensaba a veces Alba, una de las pocas tradiciones familiares que sobrevivían intactas a cualquier crisis: ni el divorcio, ni la muerte de Elvira, ni la guerra silenciosa por la fundación habían logrado tocar ese ritual específico. Esa noche estaban los cuatro. Y Diego. Su estadía en la mansión seguía teniendo una explicación institucional —Vidal Capital, la fundación, el fideicomiso, las revisiones abiertas por el testamento de Elvira—, pero cada día era más difícil fingir que solo era eso. Cada vez que Diego ocupaba una silla en esa casa, tam
Última actualización : 2026-08-21 Leer más