El acta llegó a las ocho de la noche, pero lo primero que Alba leyó no fue el documento. Fue a Diego. Él no se la envió por correo ni por mensaje. La llevó impresa, dentro de una carpeta gris sin membrete, y se la entregó en papel como si hubiera entendido, antes de que ella tuviera que decirlo, que cualquier archivo digital podía dejar una ruta abierta para quienes habían construido dos años de silencio sobre puertas mal cerradas. El gesto no era grande. Justamente por eso importaba: Diego había pensado antes de actuar. Dos años tarde, pero había pensado. Alba entró al despacho temporal del ala este y cerró la puerta detrás de sí, no con dramatismo sino porque la conversación no pertenecía a los corredores. Aun así, cuando el pestillo encajó, la habitación cambió: el escritorio, la lámpara encendida, la carpeta gris entre ambos, convirtieron el aire en algo más denso de lo necesario. —Hay algo que deberías ver antes del acta —dijo Diego, poniendo una hoja sobre la mesa. Una sola p
Última actualización : 2026-08-19 Leer más