La puerta se abrió justo antes de que terminara la cuenta regresiva.El salón quedó en silencio. Decenas de miradas cayeron sobre mí al mismo tiempo. Algunos se quedaron con la copa suspendida a medio camino de la boca; otros todavía tenían la sonrisa congelada en el rostro.Andrés Gallegos, el chico rapado que estaba más cerca de la puerta, tardó varios segundos en reaccionar.—Hola, linda. ¿A quién buscas? ¿Te equivocaste de salón?Otro joven intervino enseguida:—Aunque te hayas equivocado, no importa. Quédate con nosotros.—Sí, ven a sentarte.El chico acercó una silla a toda prisa.—Puedes sentarte aquí, a mi lado.Los mismos que antes se quejaban de que faltaban lugares competían ahora por ofrecerme asiento y hablarme.No me moví. Miré el centro de la mesa, donde las letras rojas del pastel blanco resultaban imposibles de ignorar:"Bienvenida, Carmen, la de cien kilos"A su lado habían colocado dos sillas juntas, evidentemente reservadas para mí.Alguien siguió mi mirada y empujó
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