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Capítulo 4

Author: Dolores Lozano
El día de la reunión dormí hasta el mediodía. La pantalla del celular mostraba más de cien mensajes sin leer.

En el grupo discutían dónde se sentaría cada uno esa noche. Alguien publicó a propósito la foto de una silla extragrande.

"Esta será para Carmen. Una silla normal quizá no resista."

"Qué considerado. Hay que darte un premio."

Óscar también estaba en el chat.

"No va a venir. Dejen de perder el tiempo."

Lorena escribió:

"¿Y si viene? Prométanme que no volverán a burlarse de ella."

Cuanto más pedía que se detuvieran, más se reían los demás.

No respondí. Me levanté y fui a arreglarme.

A las dos de la tarde, Frida irrumpió en mi casa con dos maletines de maquillaje.

—Hoy voy a prepararte para la batalla contra ese imbécil.

Sentada ante el espejo, arqueé una ceja.

—¿Y eso qué significa?

—Que tú vas a verte espectacular y ese desgraciado se va a arrepentir apenas te vea.

Después de rizarme el cabello, sacó del armario un vestido negro de tirantes. Tenía un corte minimalista, ligeramente entallado en la cintura, que dejaba mis hombros y mi cuello al descubierto.

Cuando salí con él puesto, Frida se quedó inmóvil durante casi medio minuto. Luego se llevó una mano al pecho.

—Me dejaste sin palabras.

—¿Qué pasa?

—Si fuera hombre, me volvería loco por ti.

Me hizo reír, pero ella me tomó de la mano y me hizo girar dos veces, cada vez más emocionada.

—Ese estilo dulce e inocente de Lorena llama mucho la atención cuando está sola. A tu lado va a pasar desapercibida.

—No seas cruel.

—Solo estoy siendo objetiva.

A las cinco de la tarde, alguien publicó en el grupo un video del lugar de la reunión. En el centro del salón privado había un pastel blanco con letras de glaseado rojo:

"Bienvenida, Carmen, la de cien kilos"

Las risas del fondo resultaban hirientes.

Un chico con el cabello rapado gritó a la cámara:

—Carmen, si no vienes pronto, nosotros haremos los retos de pareja por ti.

Óscar estaba sentado en un sofá. Miró la cámara y soltó una risa despectiva.

—Ya les dije que no se atrevería. Nunca quiso encender la cámara; ¿de verdad esperaban que apareciera en persona?

Lorena le dio un suave empujón con fingida coquetería.

—No hables así de ella.

Cerré el video. Frida, furiosa, agarró las llaves del auto.

—Vamos. Si hoy no les cerramos la boca, será porque perdí la práctica.

Apenas salimos, recibí un mensaje de Antonio:

"Lo siento. Cuando acepté jugar a los dados, no sabía que Óscar te había incluido en la apuesta. Me enteré cuando la partida ya había terminado. Voy a resolver esto. ¿Quieres que pase por ti?"

Me quedé mirando sus palabras y mi impresión de él mejoró un poco.

"No hace falta. Ya voy en camino. Y cumpliré los retos de esta noche."

Durante un buen rato, la pantalla indicó que estaba escribiendo. Al final solo envió una frase:

"No te obligues a hacer algo que no quieres."

Casi una hora después, el auto se detuvo frente al hotel. Frida quería acompañarme, pero una llamada urgente de su madre la obligó a marcharse. Antes de irse, me apretó la mano.

—Llámame en cuanto ocurra algo. Si alguien se atreve a tocarte, voy a matarlo.

Asentí y bajé del auto.

Al cruzar el vestíbulo, el recepcionista levantó la vista varias veces. Incluso cuando entré al ascensor, todavía sentía su mirada a través de las puertas de cristal.

El salón privado estaba al fondo del tercer piso. Caminé por el pasillo en tacones y, pese a la puerta gruesa, escuché las risas y las conversaciones del interior.

—Ya son las seis. De verdad no vino.

—Óscar ya puede dar por ganada la apuesta.

—Se los dije. Con ese cuerpo tendría que detenerse a pedir oxígeno antes de llegar al hotel.

—Antonio tampoco está. ¿Habrá salido huyendo del susto?

Entonces oí la voz despreocupada de Óscar:

—Ya le había dicho que no viniera. Detrás de una pantalla, alguien como ella puede evitar mostrar su aspecto y dejar que los demás imaginen lo que quieran. Si se presenta en público, solo hará el ridículo.

Lorena intervino con una risita:

—No creo que Carmen quisiera engañar a nadie. Tal vez solo deseaba demasiado que alguien la quisiera.

El salón volvió a llenarse de carcajadas.

De pie frente a la puerta, levanté lentamente la mano para llamar.

En ese mismo instante, una voz masculina y grave sonó detrás de mí:

—¿Carmen?

Me volví.

Bajo la luz del pasillo había un joven alto, vestido con una camisa negra. Su expresión era fría y sus facciones, marcadas. Al verme, se quedó sorprendido.

—Tú eres…

Le sonreí.

—¿Antonio?

Dentro del salón, alguien ya había empezado la cuenta regresiva.

—¡Últimos diez segundos! Si no llega, cerramos la apuesta.

—¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!

Antonio continuaba mirándome. Yo me volví, tomé la manija y, un segundo antes de que la cuenta llegara a cero, empujé la puerta.

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