Cuando la puerta se abrió, Dominic se encontraba en el umbral, ligeramente sofocado. Al verme, relajó los hombros; no obstante, un segundo después, frunció el ceño.—¿A dónde fuiste? —preguntó con una mezcla de alivio y reproche—. Llevo casi dos horas buscándote.No le respondí. Si de verdad hubiera estado preocupado, habría venido a buscarme tras pronunciar el nombre equivocado, no una vez terminada la cena, ni cuando ya se habían tomado las fotos, mucho menos después de que el último de los invitados se marchó.Apenas entró, se quedó mirando las maletas y las cajas acumuladas a mis pies. Su expresión cambió.—¿A dónde vas a esta hora?Lo miré fijamente.—Me mudo. Mañana vendrán por el resto de mis cosas —dije con voz monótona.Dominic soltó un suspiro, se metió la mano en el bolsillo y sacó el estuche azul marino. Lo abrió; el anillo seguía en el interior, como si nunca lo hubieran usado.—Está bien —dijo—. Cometí un error. Estaba nervioso; sabes que nunca he hecho esto antes. Toma e
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