LOGINDominic De Luca siempre me llamó por el nombre de su exnovia. Cuando preparaba la comida, solía gritarme desde la cocina sin pensarlo: «¡Bianca, ven a poner la mesa!». Incluso los regalos de cumpleaños que me daba venían con tarjetas dedicadas a ella con todo su amor. Al principio me enfurecía. Le tomaba el rostro entre las manos, lo obligaba a mirarme a los ojos y lo corregía sin detenerme: —Me llamo Clara, no Bianca. Cada vez me pedía perdón, y siempre lo perdonaba. Dejé Boston para estar con él. Renuncié a un ascenso y me mudé a Nueva York para empezar de cero porque Dominic me había dicho que no podía soportar una relación a distancia. Pensé que eso significaba que por fin me había elegido a mí. Hasta la noche en que se puso de rodillas para pedirme matrimonio. —Bianca, ¿te casarías conmigo? —dijo, mirándome a los ojos. En ese preciso instante, dejé de querer corregirlo. Simplemente saqué mi teléfono y respondí al correo electrónico que había ignorado durante un mes entero: acepté el puesto en Londres. Dominic aún no lo sabía. En el momento exacto en que deslizó el anillo de compromiso en mi dedo mientras pronunciaba el nombre de su exnovia, mi decisión de renunciar e irme de Nueva York ya era definitiva. Esta vez no esperaría sus explicaciones. Para cuando él por fin aprendiera a decir mi nombre correcto, yo ya habría dejado de amarlo.
View MorePoco tiempo después, me volví a dedicar por completo al trabajo. Había estado ocupándome de una cuenta de un cliente que llevaba dos meses estancada; pensé que el trato se había cancelado, pero una semana más tarde, me respondieron para coordinar una reunión y revisar los detalles del contrato.Ese fue mi primer negocio importante en Londres. El día que firmamos, el jefe de proyecto me estrechó la mano.—Su propuesta fue impecable —dijo—. Ninguno de los consultores con los que trabajamos antes tenía su capacidad. Bienvenida al equipo.Me paré junto a la ventana y miré mi nombre en el documento. Aunque no me sentía precisamente emocionada, confirmé una cosa: irme de Nueva York no había disminuido mi capacidad. El problema había sido el lugar, no yo.Poco después, llamé a mis padres para contarles que me estaba adaptando.—Siempre supimos de lo que eras capaz —dijo mi padre—. Es que antes no creías que fueras lo suficientemente buena, pero ahora ya lo sabes.Sonreí. Tenía razón. Solía pe
Llevaba casi un mes en Londres. El fin de semana visité una librería de segunda mano y compré una novela antigua de cubierta desgastada. La llevé a mi apartamento y pasé toda la tarde leyendo junto a la ventana. Me di cuenta de que no había disfrutado de un instante de paz como ese en años.En Nueva York, mis fines de semana siempre habían sido ajetreados: iba a la finca de Dominic, atendía sus necesidades y organizaba su agenda. Siempre sentía la necesidad de hacer todas esas cosas para que él se olvidara de Bianca y, por fin, me prestara atención. Sin embargo, en medio de todo, me había olvidado de mirarme a mí misma. Me había olvidado de preguntarme qué era lo que deseaba.El lunes por la tarde, llegué a casa del trabajo y, cuando estaba a punto de abrir la puerta, vi a alguien parado al final del pasillo. Lo reconocí de inmediato. Hacía más de un mes que no veía a Dominic, quien parecía más delgado que antes. Llevaba un abrigo gris oscuro y no tenía nada en las manos, pero mantenía
Según me enteré, Dominic llegó a Boston poco después de las tres de la mañana. Había conducido toda la noche sin parar. El cielo aún estaba oscuro cuando se estacionó frente a la residencia de mis padres. Se quedó sentado un momento antes de bajarse del auto; tocó el timbre y esperó. Ante la falta de respuesta, volvió a llamar. La puerta se abrió apenas unos centímetros, sostenida por la cadena de seguridad. Mi madre apareció tras la rendija y lo miró a través de ella.—Señora Hayes, sé que es tarde. Lo siento. Pero necesito ver a Clara.Ella lo miró durante unos segundos sin apartarse ni cerrar la puerta.—No está aquí.—Regresó a Boston, ¿verdad? ¿Se está quedando aquí? Puedo esperar afuera…—No ha regresado —contestó con voz tranquila—. No sabemos dónde está.—Señora Hayes…—No tiene sentido que insista. —Se mantuvo detrás de la cadena, con la mano en el borde del marco de la puerta, sin moverse—. Clara es adulta, es capaz de tomar sus propias decisiones. Decidió irse y nosotros la
Los tacones de Bianca resonaron por el pasillo del apartamento. Lo había seguido en un taxi después de que él la abandonara en la mesa del restaurante. Dominic llevaba un largo rato sentado en el borde de la cama, contemplando la nada antes de articular palabra:—Clara se fue.Bianca se detuvo, dejó su bolso sobre la mesa de centro del salón y se sentó a su lado.—¿Se fue? —Suavizó el tono—. ¿Cómo que se fue? No puede estar tan molesta por un simple…—No puedo comunicarme con ella —la interrumpió Dominic—. Las llamadas no entran y tampoco le llegan los mensajes.Bianca guardó silencio un instante, mirándolo como si esperara que añadiera alguna palabra. Él no lo hizo. Así que se recostó del respaldo y habló, adoptando un tono aún más amable:—Tal vez esto no sea malo. No necesitas a alguien como ella a tu lado. Jamás entendió tu posición ni tus responsabilidades; ¡ni siquiera pudo manejar una situación como esta! Un día vas a dirigir a la familia De Luca; necesitas a una mujer capaz de
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