La conversación que siguió esa noche no terminó, en efecto, como yo esperaba.No hubo gritos. No hubo el enfrentamiento a viva voz que llevaba preparando mentalmente desde la parada del autobús. Manuel se limitó a escucharme explicar, con la voz cada vez más pequeña bajo el peso de su silencio, que solo había querido almorzar con mis amigas, que la vigilancia encubierta de Andrés había sido la verdadera traición al trato, no mi fuga. Cuando terminé de hablar, él simplemente asintió, se sirvió un whisky que no tocó, y se retiró a su despacho sin decir una palabra más. El silencio, descubrí esa noche, podía ser mucho más aterrador que cualquier grito.Los tres días siguientes transcurrieron en una tregua fría. Manuel mantuvo la rutina de la limusina —sin escoltas visibles, cumpliendo esa parte del trato al pie de la letra— pero las conversaciones se redujeron a monosílabos, a cortesías vacías intercambiadas sobre el desayuno. Sabía, por la forma en que su mandíbula se tensaba cada vez q
Última actualización : 2026-08-21 Leer más