Un año después, Daniel y yo ya estábamos juntos.No hubo una gran declaración ni un momento especialmente romántico. Fue un fin de semana cualquiera. Después de ver una película, tomó mi mano con naturalidad y yo no la aparté.Su mano estaba seca y cálida, y la forma tranquila en que sostenía la mía me hacía sentir segura.Ya no necesitaba adivinar lo que sentía, esforzarme para llamar su atención ni preocuparme por si de pronto desaparecía o cambiaba de humor.Cuando me tocaba trabajar hasta tarde, me llevaba algo caliente para comer. Se acordaba de lo que me gustaba y también de lo que no soportaba. Si me veía triste, se quedaba conmigo sin obligarme a explicar nada.Y cuando, unos días antes de mi periodo, me daban ganas de comer helado, me miraba con falsa seriedad.—¿Ya se te olvidó lo mal que te pones después?Yo lo abrazaba por la cintura.—Está bien, Dani. Ya no voy a comer.Daniel escuchaba lo que yo decía y respetaba mis decisiones. Cuando tenía un problema, estaba a mi lado
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