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Capítulo 3

Author: Día de Lluvia
En la oficina, mi jefa deslizó un formulario hacia mí.

—Necesito que hoy completes todos tus datos. El sistema cierra esta noche.

Abrí el sobre manila y enseguida me di cuenta de que faltaba el documento más importante. Sentí un frío recorrerme el cuerpo y revolví todo mi escritorio, pero no apareció por ningún lado.

Había rehecho esa solicitud ocho veces y hasta había conseguido la firma de la directora general y el sello de la empresa. Ya no tenía tiempo de volver a hacer todo desde cero.

Corrí a casa y busqué por todas partes, pero tampoco estaba.

Terminé sentada en el suelo, con el sudor resbalándome por la frente, hasta que de pronto se me ocurrió algo.

Saqué el celular con los dedos temblando.

—Mariana, ¿tú escondiste uno de mis documentos?

—Sí —respondió con toda naturalidad—. Es parte del juego. A ver si lo encuentras.

Me levanté de golpe y por un momento se me nubló la vista.

Nicolás acababa de entrar y, al ver todo revuelto, preguntó:

—¿Qué pasó?

—¡Mariana escondió un documento importantísimo!

Al verme sudando, Nicolás frunció el ceño y se puso a buscar conmigo.

Media hora después, ya desesperada, me agarré el cabello con ambas manos. Fue entonces cuando, de reojo, me di cuenta de que Nicolás solo fingía buscar. Movía algunas cosas sin mucho interés mientras chateaba con Mariana en el celular.

Apreté la mandíbula.

Ni siquiera estaba buscando de verdad.

Solo estaba haciendo tiempo.

—¡Ya basta! —grité, poniéndome de pie—. Me rindo. ¿Dónde está?

Nicolás se puso serio.

—Mariana, ya basta. Devuélvele el documento a Luci.

—No —respondió ella con tono juguetón—. A menos que me lo ruegue.

Nicolás me tendió el celular y me indicó con la mirada que hablara.

Lo tomé y me quedé callada un buen rato. Por un instante estuve a punto de decirle que se quedara con el documento.

Al final cerré los ojos y las lágrimas empezaron a caer.

—Por favor... dime dónde está.

No lloraba de tristeza.

Lloraba de rabia.

No entendía por qué Mariana tenía que hacerme pasar por eso una y otra vez. En nuestra amistad, yo siempre era la que terminaba cediendo, la que dejaba de lado lo suyo para complacerla.

Y aun así, nunca era suficiente.

Del otro lado de la línea se oyó una risita despreocupada.

—Bueno, bueno. Como me das tanta lástima... Está detrás de la lavadora, en el balcón.

Solté el celular y corrí hacia allá.

—¡¿Ves?! Mariana nunca te haría nada. ¡Solo estaba jugando! —gritó Nicolás detrás de mí.

No le hice caso. Agarré el documento y corrí de regreso a la oficina.

Cuando volví a casa esa noche, no había nadie. Ya estaba por salir hacia el aeropuerto cuando sonó mi celular.

Era Julián, uno de los amigos de Nicolás.

—Luci, Nicolás tomó de más. ¿Puedes venir por él?

Después de pasar todo el día con los nervios de punta, apenas tenía energía para contestar.

—No voy a ir.

—Vamos, Luci. Hoy está muy contento y se pasó con las copas. Me preocupa que le pase algo. Ven por él, por favor.

De fondo se escuchaba música a todo volumen.

Me quedé callada un buen rato.

Llevarlo a casa sano y salvo sería lo último que haría por esta relación.

—Mándame la ubicación.

Cuando llegué al bar y abrí la puerta del salón privado, Nicolás estaba sentado en medio del sofá y Mariana estaba pegada a él, con una copa en la mano.

Los dos tenían la cara roja por el alcohol, mientras los demás los animaban entre risas a brindar como si ellos fueran los novios.

En cuanto me vieron, el salón quedó en silencio.

Los amigos de Nicolás empezaron a hacerles señas de inmediato, pero él estaba tan borracho que apenas reaccionó. Mariana seguía recostada sobre él y ya casi no podía ni hablar.

—Bebe...

Los demás se miraron entre sí, sin saber qué decirme.

Julián, que había sido quien me llamó, se acercó incómodo.

—Luci... los dos están borrachos.

Pasé de largo y ayudé a Nicolás a ponerse de pie sin decir nada.

Julián se acercó para echarme una mano.

—Te pido un taxi.

—No hace falta.

Casi arrastrándolo, logré sacar a Nicolás del salón privado y meterlo en un taxi.

Cuando estaba por irme, me di cuenta de que había dejado su celular adentro. Me di la vuelta para volver por él, pero Nicolás me agarró de la muñeca y se llevó mi mano a la mejilla.

—Luci... estoy tan feliz. Por fin voy a casarme contigo...

Me quedé quieta un instante antes de retirar la mano con suavidad y volver hacia el salón.

Justo antes de abrir la puerta, escuché voces del otro lado.

—No sé qué le vio Nicolás a Luci. Es tan seria y callada.

—Dicen que, en la universidad, Mariana empezó a salir con otro y Nicolás, por despecho, terminó declarándosele a Luci.

—¿En serio?

—Sí. Lo escuché decirlo yo mismo. Dijo que, como no podía estar con Mariana, se conformaría con alguien más o menos como ella.

Se me quedó la mano suspendida frente a la puerta.

—La otra vez Mariana comentó así nomás que quería saber qué se sentía ser novia, ¿y Nicolás qué hizo? Le organizó toda una boda en el extranjero.

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