Yo iba a luchar. Por mi hijo. Por mi marido. Por mí.— ¡Sofia! —la voz vino de lejos, pero no era la de él. Era otra. Más grave. Más firme. Más... amada—. ¡Sofia, soy yo! ¡Abre la puerta!Rafael. Lágrimas corrieron por mi rostro, pero yo no bajé el arma. No todavía.— ¡Sofia, amor, soy yo! ¡Él huyó! ¡Abre la puerta, por favor!La voz de él estaba desesperada ahora, y yo reconocía cada matiz, cada rajadura. Era él. Era mismo él. Bajé el arma despacio, pero mis manos todavía temblaban cuando giré la llave. La puerta se abrió, y allí estaba Rafael. Sucio, sudado, con los ojos rojos y las manos manchadas de tierra. Él me vio allí, con el arma en la mano, el rostro mojado de lágrimas, y algo dentro de él se partió. Me atrajo a sus brazos con una fuerza que casi me sacó del suelo, apretándome contra el pecho como si quisiera fundirme con él.— Dios mío, Dios mío, Dios mío... —él repetía, la voz quebrada, las manos recorriendo mi espalda, mi cabello, mi rostro, como si necesitara certificars
Última actualización : 2026-11-01 Leer más