El pitido constante de los monitores no era un sonido. Era un martilleo. Un pulso rítmico, metálico y ajeno que me taladraba las sienes antes de que pudiera abrir los ojos. Intenté mover los dedos de la mano derecha, pero la sensación de pesadez era absoluta, como si mis extremidades estuvieran hechas de plomo fundido. Un dolor sordo, punzante y agudo, me atravesaba la frente desde el lado izquierdo, recordándome exactamente dónde había terminado mi trayecto.El olor del lugar me golpeó antes que la luz: una mezcla asfixiante de cloro, desinfectante barato y sábanas esterilizadas. Hospital. La palabra se formó en mi mente como una sentencia.—Tranquila... no te muevas demasiado, mi amor. Estoy aquí.La voz era un susurro ronco, desgastado por horas de llanto y vigilia. Sentí una mano cálida, grande y familiar cerrarse con una desesperación contenida alrededor de mis nudillos. Liam. Al reconocer el tacto, un temblor me recorrió la columna, pero no de alivio, sino de un pánico frío que
Última actualización : 2026-09-04 Leer más