INICIAR SESIÓNÉl es el Capitán Liam Anderson, el piloto estrella de la aerolínea, un hombre de control absoluto, disciplina militar y una arrogancia que choca con la libertad del cielo. Ella es Mía, una azafata vibrante, inteligente y decidida, que no se deja intimidar por su jefe, pero que no puede resistir la electricidad que salta entre ellos cada vez que sus miradas se cruzan. A 30,000 pies de altura, sus mundos colisionan. Entre la tensión del trabajo y la atracción innegable, se desata una aventura clandestina, un romance en el aire que desafía todas las reglas de la compañía y el control de Liam. Cada escala es un encuentro ardiente, cada vuelo una promesa de placer, pero también un recordatorio de la fragilidad de su secreto.
Ver másEl despertador sonó a las tres de la mañana, un sonido que para la mayoría sería una tortura, pero que para mí siempre ha sido el preludio de la libertad. Mi uniforme de la aerolínea estaba perfectamente planchado sobre la silla, y a su lado, mi pequeña maleta de mano. Me llamo Mía Rossi-Villalobos, y aunque el mundo me ve como una azafata modelo, mi mente está configurada en grados de inclinación, navegación aérea y cálculo de combustible.
Llegué al aeropuerto de Madrid-Barajas antes de que la mayoría de los aviones despertaran. El aire del terminal tenía ese aroma a café quemado y nerviosismo contenido. Era mi primer día en la ruta de largo alcance, y la presión era inmensa. Mientras cruzaba el pasillo hacia el centro de operaciones, iba repasando mentalmente los manuales de emergencia. No era solo servir bebidas y asegurar equipajes; era mi pasaporte para estar más cerca de la cabina, el lugar donde realmente pertenecía.
—¡Rossi! —gritó el supervisor, un hombre con cara de haber dormido poco—. Te han cambiado la ruta. Te toca el vuelo 402 a Los Ángeles. Tu capitán es Liam Anderson. Prepárate, tiene fama de ser un hueso duro de roer.
Asentí con una sonrisa profesional, aunque por dentro un escalofrío recorrió mi espalda. Anderson. El nombre sonaba a disciplina militar y a una arrogancia que ya me habían advertido en los pasillos de la escuela de aviación.
Llegué a la aeronave, un Airbus imponente que esperaba bajo las luces artificiales. Subí por la escalerilla de servicio, concentrada en mis tareas. Estaba en la cabina de pasajeros revisando los compartimentos superiores cuando escuché una voz que no solo era autoritaria, sino que parecía tallada en granito.
—¿Quién diablos ha dejado este carrito de servicio bloqueando el pasillo de acceso a la cabina?
Me giré, encontrándome con un hombre que parecía haber sido esculpido para llevar uniforme. Liam Anderson era más alto de lo que imaginaba, con unos hombros que parecían ocupar todo el espacio de la entrada. Sus ojos, de un azul intenso y gélido, me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de fastidio y desdén, como si yo fuera una mancha en su perfecto entorno aeronáutico.
—Soy yo, Capitán —respondí, enderezándome. Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Y el carrito está ahí porque estamos cargando el catering extra que usted mismo pidió para el primer servicio.
Él dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su arrogancia era casi tangible.
—No me importa el catering, me importa la seguridad y la eficiencia. En mi avión, las cosas se hacen de una forma, y esa forma no incluye tener obstáculos en medio de mi camino. ¿Eres nueva aquí, no? Se nota en tu falta de criterio.
La sangre me hirvió. Podía soportar muchas cosas, pero no que un hombre —sin importar cuántas rayas doradas tuviera en las hombreras— cuestionara mi inteligencia o mi capacidad para hacer mi trabajo.
—Soy nueva en esta ruta, sí —dije, dando un paso hacia él, obligándolo a retroceder un milímetro—. Pero también soy alguien que sabe que, sin el catering y sin la tripulación de cabina, usted no es más que un hombre sentado en una silla cara frente a un montón de botones. Así que, si le molesta el carrito, sugiero que aprenda a rodearlo, Capitán Anderson.
Su mandíbula se tensó y una chispa de sorpresa cruzó sus ojos. Nadie le hablaba así. Era evidente que estaba acostumbrado a que todas las azafatas bajaran la cabeza ante su soberbia.
—Te sugiero que cuides tu tono, Rossi —dijo, bajando la voz hasta un susurro peligroso—. Porque si vuelves a cuestionar mis métodos, me encargaré personalmente de que tu primer día en esta ruta sea el último. No soporto a la gente con delirios de grandeza.
—Qué curioso —repliqué, lanzándole una sonrisa cargada de veneno—. Yo tampoco soporto a los hombres que confunden su rango con su personalidad.
Él me miró con una intensidad que por un segundo me dejó sin aliento, como si hubiera visto un fantasma o algo que no alcanzaba a procesar. Se quedó estático, con el ceño fruncido, mirándome como si mi cara fuera un rompecabezas que no lograba completar.
—Vete de mi vista —dijo finalmente, dándose la vuelta y entrando en la cabina de mando con un golpe seco en la puerta.
El resto del abordaje fue una guerra fría. Cada vez que tenía que entrar en la cabina para llevarle su café —tal como dictaba el protocolo—, la tensión era tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo. Él ni siquiera me miraba, concentrado en los instrumentos, con esa postura rígida de quien cree que el mundo entero debe orbitar a su alrededor.
Yo, por mi parte, hacía lo posible por ser invisible, aunque cada vez que me acercaba a él, sentía una punzada en el estómago. No era miedo, ni siquiera era solo odio. Era una sensación extraña, como un eco, una familiaridad que me revolvía las tripas. Era como si conociera sus gestos, la forma en que se pasaba la mano por el cabello cuando estaba frustrado, o la manera en que analizaba el horizonte antes de despegar.
"Es solo un idiota arrogante", me repetía mentalmente mientras servía el café en la clase ejecutiva. "Un idiota con demasiadas horas de vuelo y poca vida social".
Sin embargo, cuando el avión comenzó a rodar hacia la pista, me senté en mi asiento, cerré los ojos y sentí que una lágrima traicionera amenazaba con salir. Esa familiaridad no se iba. La forma en que él hablaba, su voz grave cuando daba las instrucciones por el altavoz, me recordaba a alguien que creía haber conocido en un sueño lejano, en un tiempo donde los aviones no tenían computadoras y el amor era una condena.
Apreté mis manos sobre mis rodillas, negándome a ceder. Liam Anderson era mi presente, mi jefe y, en ese momento, mi enemigo número uno. No permitiría que ese Capitán engreído se interpusiera en mi camino. Había llegado allí para demostrar que tenía el talento para estar en esa cabina de mando, y si tenía que soportar al hombre más insoportable del mundo para lograrlo, lo haría.
El despegue fue impecable, como era de esperarse de alguien con su habilidad técnica. Mientras el avión ganaba altura, me puse de pie para comenzar el servicio. Sabía que nos esperaban diez horas de vuelo, y aunque la hostilidad entre nosotros era innegable, sentía que, de alguna manera, este encuentro caótico no era el final, sino el inicio de una tormenta que ninguno de los dos estábamos preparados para afrontar.
El Capitán Anderson quería control, quería orden y, sobre todo, quería que yo fuera una simple espectadora de su grandeza. Pero lo que no sabía, lo que ni siquiera sospechaba, era que no había elegido a la azafata equivocada. Había elegido a la única mujer capaz de obligarlo a aterrizar.
Los años, cuando se miden en horas de vuelo y en latidos compartidos, tienen una extraña manera de estirarse y encogerse al mismo tiempo. A veces me parecía que había pasado una vida entera desde aquella tarde en el hospital, desde el momento en que juré que no permitiría que ningún fantasma del pasado volviera a robarnos la paz. Otras veces, bastaba con mirar de reojo hacia la mesita de noche de nuestra habitación, donde una vieja fotografía en blanco y negro descansaba junto a un marco moderno con la ecografía de nuestro primer vuelo familiar, para recordar que éramos el resultado de una promesa milagrosa.El aeropuerto de Madrid había cambiado, modernizándose con nuevas terminales y tecnología de punta, pero para nosotros seguía siendo el escenario donde nuestra verdadera historia había comenzado a tomar forma.Eran las seis de la mañana. El sol empezaba a teñir el horizonte con pinceladas de un tono ámbar y violeta, rompiendo la penumbra nocturna sobre las pistas de despegue. En l
Las semanas que siguieron al alta médica de Mia se deslizaron como un ejercicio de alta precisión, de esos donde cada movimiento debe calcularse al milímetro para evitar una catástrofe. Volver a casa no significó el regreso inmediato a la normalidad; el apartamento aún guardaba los ecos de la tormenta, y el silencio entre nosotros solía cargarse con el peso de los fantasmas que intentábamos exorcizar. Sin embargo, cumplimos nuestra promesa. Las sesiones de terapia con el especialista en traumas y conexiones subconscientes se convirtieron en nuestro nuevo campo de entrenamiento.Al principio, era como volar a ciegas a través de una densa capa de nubes, guiados únicamente por los instrumentos de la razón y el dolor acumulado. En esas consultas, desmenuzamos el origen de mis sueños, analizando cada fragmento de la visión de Francesca y Alessandro como lo que era: un eco lejano, un eco trágico de vidas pasadas que se negaba a apagarse, pero que no tenía derecho a secuestrar nuestro presen
El pitido constante de los monitores no era un sonido. Era un martilleo. Un pulso rítmico, metálico y ajeno que me taladraba las sienes antes de que pudiera abrir los ojos. Intenté mover los dedos de la mano derecha, pero la sensación de pesadez era absoluta, como si mis extremidades estuvieran hechas de plomo fundido. Un dolor sordo, punzante y agudo, me atravesaba la frente desde el lado izquierdo, recordándome exactamente dónde había terminado mi trayecto.El olor del lugar me golpeó antes que la luz: una mezcla asfixiante de cloro, desinfectante barato y sábanas esterilizadas. Hospital. La palabra se formó en mi mente como una sentencia.—Tranquila... no te muevas demasiado, mi amor. Estoy aquí.La voz era un susurro ronco, desgastado por horas de llanto y vigilia. Sentí una mano cálida, grande y familiar cerrarse con una desesperación contenida alrededor de mis nudillos. Liam. Al reconocer el tacto, un temblor me recorrió la columna, pero no de alivio, sino de un pánico frío que
La sala de espera del Hospital Central se había convertido en mi hogar improvisado, un lugar donde el tiempo parecía haberse estancado en un bucle de ansiedad y silencio. Las luces fluorescentes del techo, que zumbaban con una cadencia hipnótica, se habían vuelto mis únicas compañeras durante las últimas horas, junto con el latido constante de los monitores que, a través de la puerta entreabierta de la unidad de cuidados intensivos, dictaban el ritmo de la vida de Mia.Mis compañeros de la aerolínea habían comenzado a llegar poco después del mediodía. Primero fueron los auxiliares, con sus uniformes impolutos que contrastaban dolorosamente con mi propia desaliñada apariencia; luego llegaron los pilotos, hombres y mujeres con los que había compartido cielos y tormentas, todos con miradas cargadas de una compasión que yo no quería recibir. La noticia del accidente de Mia había corrido como la pólvora por los pasillos de la empresa. Para todos, ella era la compañera ejemplar, la mujer br












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