El peso de la mano de Jun-ho sobre su cadera dolía con una precisión casi quirúrgica. Los cuatro dedos, apoyados justo sobre los moretones frescos que él mismo había dejado horas antes, ejercían una presión hiriente, de esa que no busca romper huesos, pero sí recordar quién es el dueño del territorio.—Deja el teléfono, no lo repetiré otra vez.La orden flotó entre la tela de la almohada y el rumor monótono del aire acondicionado. Wai-ling no respiró. Sus pulmones se cerraron en seco, como si el oxígeno se hubiera vuelto veneno. Con un movimiento entrenado en años de sobresaltos mudos, deslizó el aparato boca abajo contra la sábana inferior, metiéndolo bajo el hueco tibio que formaba su muslo con el colchón. La luz azulada murió al instante contra el algodón blanco, pero el calor del procesador aún quemaba a través del tejido de su pijama gastado.—Tengo náuseas, Jun-ho —murmuró ella. Su tono salió quebradizo, dócil, arrastrado por esa debilidad calculada que a él solía apaciguarlo—.
Última actualización : 2026-09-21 Leer más