로그인La llamada urgente que Jun-ho recibió a las seis de la mañana del día siguiente cambió el pulso del penthouse. Un problema imprevisto en la terminal logística de Shenzhen y una reunión de emergencia con inversionistas en Macao lo obligaban a salir de Hong Kong durante dos días enteros.Wai-ling lo despidió en el vestíbulo con la reverencia calculada de siempre, sosteniéndole el maletín y el abrigo de cachemira sin atreverse a mirarlo a los ojos. El cuerpo aún le dolía; el ultraje de la noche anterior, cuando él la arrojó contra la mesa y la forzó a quedarse sin lavarse para obligarla a retener su semen, seguía ardiendo en cada músculo y en su piel.Antes de cruzar la puerta hacia el ascensor privado, Jun-ho se detuvo. Se giró hacia ella y le sujetó la mandíbula con dos dedos, obligándola a levantar la cabeza para mirarlo. Su aliento a café amargo le rozó la boca amenazante.—Más te vale que mi semilla germine —le soltó con una frialdad venenosa—. Si este mes no logras quedar embarazad
El zumbido metálico del ascensor privado descendiendo por el hueco del edificio fue la señal para respirar.Wai-ling no se movió de inmediato. Permaneció apoyada contra la puerta principal, con la frente pegada a la madera fría y los dos cerrojos pasados. Pasaron unos segundos antes de que sus dedos, todavía temblorosos por la humillación del desayuno, sacaran el teléfono del bolsillo. Desbloqueó la pantalla y abrió Lumi.Allí estaba el registro clandestino. Félix Franco había dejado un mensaje enviado hacía varias horas, justo después de que ella se desconectara de golpe en la madrugada para correr al baño:«Vi que se desconectó de repente. Imagino que allá ya es de madrugada y el cansancio la venció, considerando las once horas de diferencia que nos separan. Descanse, Wai-ling. Buenas noches.»Debajo de esas líneas reposaban varios archivos que Félix había cargado durante su silencio: fotografías de su madre en Chile.Wai-ling deslizó el pulgar sobre la pantalla y el pecho se le opr
El sabor agrio y metálico de la bilis le quemaba la garganta a Wai-ling mientras apretaba el papel contra sus labios. Frente a ella, en el umbral del baño, la figura imponente de Jun-ho la escudriñaba con los ojos entrecerrados, evaluando la escena con esa frialdad calculadora con la que solía revisar los balances financieros en su oficina.El cerrojo metálico que acababa de liberar aún temblaba ligeramente. El pestillo puesto había sido una infracción grave; en el código tácito de ese departamento, a Wai-ling no se le permitía cerrar puertas con llave. Sin embargo, la arcada seca que ella forzó a continuación, encorvando la espalda y aferrándose al borde de mármol del lavabo, desplazó de inmediato la sospecha de su marido hacia un terreno completamente distinto.—¿Es por esto tanto escándalo a mitad de la noche? —preguntó Jun-ho. Su voz arrastraba la modorra del whisky y el sedante, pero el tono no traía el filo violento de otras ocasiones. Se cruzó de brazos, apoyando el hombro cont
El peso de la mano de Jun-ho sobre su cadera dolía con una precisión casi quirúrgica. Los cuatro dedos, apoyados justo sobre los moretones frescos que él mismo había dejado horas antes, ejercían una presión hiriente, de esa que no busca romper huesos, pero sí recordar quién es el dueño del territorio.—Deja el teléfono, no lo repetiré otra vez.La orden flotó entre la tela de la almohada y el rumor monótono del aire acondicionado. Wai-ling no respiró. Sus pulmones se cerraron en seco, como si el oxígeno se hubiera vuelto veneno. Con un movimiento entrenado en años de sobresaltos mudos, deslizó el aparato boca abajo contra la sábana inferior, metiéndolo bajo el hueco tibio que formaba su muslo con el colchón. La luz azulada murió al instante contra el algodón blanco, pero el calor del procesador aún quemaba a través del tejido de su pijama gastado.—Tengo náuseas, Jun-ho —murmuró ella. Su tono salió quebradizo, dócil, arrastrado por esa debilidad calculada que a él solía apaciguarlo—.
El visto tardó cincuenta y seis minutos.Wai-ling los contó porque no podía hacer otra cosa. Se había quedado en la cocina, el taburete clavándole el hueso, el vaso otra vez lleno y otra vez intacto. Cada cierto tiempo iba hasta el umbral del dormitorio, confirmaba el bulto de Jun-ho bajo el edredón y volvía al mármol como un animal que revisa la trampa.A la una y treinta y seis, el teléfono se iluminó en su bolsillo.El sonido en aquella casa, aunque fuese mínimo todavía podía ser mortal.Felix Franco está escribiendo.Luego:Gracias por responder.Sé que esto parece una estafa. Si yo estuviera en su lugar, también lo pensaría.No le voy a pedir dinero. No le voy a pedir claves. No le voy a pedir que ingrese a ningún enlace.Le voy a pedir, si aguanta, que lea.Wai-ling sintió una risa seca en la garganta, de esas que no llegan a la boca. Si aguanta. Como si un hombre al otro lado del mundo pudiera medir lo que ella aguantaba cada noche.Escribió sin sentarse:Las estafas también em
La ansiedad le carcomía el pecho.Wai-ling no encendió su teléfono de inmediato. Se quedó quieta, de lado, escuchando las respiraciones entre ronquidos de Jun-ho. Sabía de memoria el patrón: hondo, hondo, un pequeño atasco en la garganta, otra vez hondo. El aire acondicionado soplaba y los ventanales aislaban el ruido de los autos y motocicletas que subían por Garden Road. En el edificio de enfrente, la luz azul del televisor ya se había apagado. Pero no podía dejar de pensar en ese nombre: Lam Sze-yan.Tres sílabas y un apellido que en esa casa era peor que una grosería.Lo había pronunciado por última vez en voz alta a los doce años, en la cocina, cuando todavía creía que las preguntas eran un derecho. Man-kit estaba cortando una naranja con esa precisión que usaba para todo. Ella dijo mamá y luego el nombre completo, como si nombrarla pudiera traerla de la lancha vacía. El cuchillo se detuvo. Su padre no la golpeó. La miró con un desprecio en la mirada tan intenso que dolió más.—T







