Desde ese día, mi mamá parecía estar en otro mundo. Hiciera lo que hiciera, tenía que llevar mis cenizas consigo. Dormía abrazada a la urna y, a la hora de comer, colocaba un plato y cubiertos frente a ella.Durante una comida, sirvió con cuidado un gran trozo de asado en mi plato.—Gloria, lo preparé yo. Pruébalo, a ver si te gusta.Mi alma flotaba sobre la mesa. Miré aquel trozo grasoso de carne y murmuré:—Siempre tuve el estómago delicado. La comida tan grasosa me caía mal.En cuanto lo dije, mi mamá se quedó rígida por un instante. Como si hubiera oído algo, tomó el tenedor, retiró la carne y la tiró a la basura. Después, entre lágrimas, puso en el plato frente a la urna algunas de las verduras que había en la mesa.—Sí, sí, nada de grasa. Te lo cambio.Mi papá estaba a un lado. Se cubrió la cara de dolor al ver a su esposa convertida en una sombra de sí misma. No se atrevía a decirle que parara.Unos días después, incapaz de seguir viéndola así, aprovechó que ella se estaba bañan
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