Me cuesta encontrar una imagen más inquietante que ver a personas normales firmando papeles que destruyen vidas.
He leído «Eichmann en Jerusalén» y, aun así, me sorprende cómo la rutina administrativa reproduce esos mismos patrones hoy: oficinas de inmigración que procesan deportaciones sin detenerse a mirar rostros, jueces que aceptan pruebas manipuladas porque están dentro del expediente, y empleados públicos que repiten formularios sin pensar en las consecuencias humanas. La banalidad del mal no es un monstruo con capa; es una mesa, un sello y la voluntad de no hacerse preguntas.
Pienso en las empresas que externalizan fábricas a países con normas laxas y miran los beneficios, en los sistemas que priorizan eficiencia sobre dignidad. No se trata solo de maldad consciente, sino de invisibilidad deliberada: normalizamos trámites que generan daño masivo. Me deja una sensación fría, la certeza de que la ética se erosiona cuando nadie asume la responsabilidad directa.
Me sigue impactando cómo un concepto tan frío captura un horror tan grande. En mi biblioteca siempre hay un ejemplar que vuelve a aparecer en mis pensamientos cuando hablo del tema: «Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal» de Hannah Arendt. Arendt cubrió el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén y propuso que lo terrible no era solo la maldad consciente, sino la capacidad de actuar sin pensar, cumpliendo órdenes y procedimientos como si se tratara de trámites administrativos.
Al leerla, se nota que no es un panfleto: hay descripción del proceso, reflexiones filosóficas y, claro, controversia. Muchos criticaron a Arendt por su interpretación y por algunos juicios sobre la comunidad judía, pero su idea central —que la ausencia de pensamiento crítico puede convertir a personas comunes en instrumentos de atrocidad— se quedó conmigo. Si quiero discutir cómo la burocracia y la rutina permiten el mal, siempre vuelvo a este libro, que me deja con una mezcla de inquietud y alerta ética.
Revisando archivos antiguos me sigue llamando la atención cómo papeles rutinarios y sellos oficiales pueden esconder decisiones atroces.
En mis años rodeado de legajos vi casos que ejemplifican la banalidad del mal: el proceso de «Eichmann en Jerusalén» dejó claro cómo la lógica administrativa hace posible el horror, con funcionarios que cumplían órdenes como si gestionaran trámites. Otro ejemplo brutal son los trenes que llevaron a millones durante el Holocausto; no fue solo la violencia directa, sino la maquinaria logística y las listas que facilitaron el exterminio. El documental «Shoah» muestra testimonios que revelan lo cotidiano de esa maquinaria: horarios, listados, firmas.
También pienso en genocidios más cercanos en el tiempo, como el de Ruanda, donde vecinos, autoridades locales y emisoras normalizaron la matanza. Y hay casos en que empresas o burocracias coloniales administraron violencia sistemática, como en el Congo del siglo XX. Todo esto me deja la impresión de que el mal no siempre es grandilocuente: muchas veces se infiltra en lo rutinario y necesita vigilancia constante para ser detectado y combatido.
No puedo dejar de pensar en lo polémica que fue la formulación original de la banalidad del mal; cuando leí «Eichmann en Jerusalén» me sorprendió lo directo que fue el juicio intelectual de Hannah Arendt. Ella sugirió que Eichmann no era un monstruo demoníaco sino más bien alguien sorprendentemente banal, guiado por la falta de pensamiento crítico y por conformidad burocrática. Muchos críticos señalaron que esa imagen parecía minimizar la responsabilidad moral: si el mal surge de la “inconsistencia mental”, ¿no corre el riesgo de convertir a los perpetradores en meros autómatas y restar peso a sus elecciones conscientes?
Historiadores como Christopher Browning y Daniel Goldhagen ofrecieron contraargumentos notables. Browning explicó factores situacionales y presión de grupo en «Los hombres ordinarios», mientras que Goldhagen sostuvo que existía un antisemitismo generalizado que hacía que la violencia fuera más deliberada y sostenida. Además, se criticó la metodología periodística de Arendt: supuestas citas fuera de contexto y una evaluación fría de los consejos judíos que muchos consideraron insensible. Yo me quedo con la idea de que la teoría abrió una conversación imprescindible sobre cómo se normaliza la barbarie, aunque no responde a todos los matices del comportamiento humano ni a la estructura ideológica que también alimentó el horror.