Recuerdo con claridad haber escuchado varias historias divertidas y tiernas que Barbara Feldon contó sobre el rodaje de «Get Smart». En distintas entrevistas y charlas públicas ella compartió anécdotas que iban desde lo cotidiano del set hasta momentos cómicos inolvidables. Uno de los relatos más recurrentes es el de la famosa «Cono de silencio»: solía contar cómo esa invención del show era un desastre técnico que generaba más risas que tensión porque casi nunca funcionaba como planeaban, y cómo Don Adams y ella improvisaban para sacar partido a la situación.
También habló con frecuencia de la química entre el reparto y los creadores —Buck Henry y Mel Brooks—, de la libertad que tenían para jugar con los diálogos y del sentido del humor que impregnaba cada toma. Contó episodios sobre utilería que fallaba en el último minuto, disfraces que complicaban la acción y pequeñas bromas de camaradería entre compañeros. Su tono era a la vez seco y cálido, con un humor interior que hacía que sus recuerdos se sintieran auténticos.
Al final, lo que más me quedó es su cariño por el personaje de la agente 99 y por ese equipo humano que convirtió a «Get Smart» en un clásico; sus anécdotas no solo entretenían, sino que mostraban respeto por el oficio y por la comedia bien hecha.
En varias entrevistas que vi, Barbara Feldon dejó plasmado un archivo de anécdotas sobre el rodaje de «Get Smart» que vale la pena leer con calma. Yo suelo repasar esos relatos cuando pienso en cómo se hacía televisión en esa época: ella describía la dinámica creativa con Buck Henry y Mel Brooks, y cómo las ideas a veces surgían en el momento entre toma y toma. Explicaba con detalle técnico y humor cómo la famosa «Cono de silencio» era una molestia práctica pero un lujo cómico; decía que muchas veces la escena se salvaba gracias al lenguaje corporal más que por el diálogo.
También me llamó la atención su mirada sobre el trato profesional: enfatizaba que, pese al tono ligero del programa, había un gran respeto por la disciplina actoral, por los ensayos y por no subestimar la comicidad visual. De vez en cuando relataba pequeños sustos con efectos o gadgets que no respondían, y cómo esas fallas inspiraban soluciones creativas. Sus relatos no eran solo chismes, sino observaciones sobre la mecánica de filmar comedia; eso los hace útiles para entender el oficio, y para mí son una ventana a cómo se construyeron los clásicos.
Mientras más escuchaba a Barbara Feldon, más me convencía de que ella disfrutaba contarlo todo con cierto humor seco y una memoria fotográfica para los detalles del set. En varias entrevistas mencionó episodios sobre ajustes de vestuario, cambios de última hora en los guiones y cómo algunos gags surgían por accidente cuando un efecto no funcionaba. Relataba también cómo la dirección fomentaba la improvisación, y que a menudo las mejores escenas venían de probar variaciones que no estaban escritas.
Su tono al narrar era relajado, algo nostálgico y con mucha ironía interna; nunca parecía quejarse, sino más bien celebrar el caos creativo que rodeaba a «Get Smart». Me quedo con la impresión de que sus historias no solo entretenían, sino que preservaban la memoria de un equipo que se divertía trabajando, y eso hace que sus anécdotas sigan siendo entrañables hoy.
Me llamó la atención cómo Barbara Feldon era franca y graciosa cuando hablaba de «Get Smart». En entrevistas para revistas y programas de televisión ella no sólo narraba lo que pasaba en cámara, sino que solía describir las pequeñas batallas del día a día: tacones que traicionaban una entrada, escenas cortadas por fallos en gadgets ridículos y risas que se colaban en tomas serias. Contaba con ese punto de ironía que te hace creer que todo aquello fue, pese a las prisas y los errores, un placer.
Además le gustaba recordar a Don Adams con afecto y sarcasmo a la vez: comentaba sus improvisaciones, su timing perfecto y cómo, en ocasiones, lo que no funcionaba técnicamente terminaba siendo el gag más efectivo. También mencionaba que el vestuario de la agente 99 buscaba ser elegante sin convertirse en un estereotipo, y que eso influía en cómo se construía el personaje frente a Maxwell Smart. Sus anécdotas eran pequeñas lecciones sobre la comedia de situación, y se notaba que las contaba desde la complicidad con el público.
Tengo una anécdota favorita que ella solía relatar con esa mezcla de sarcasmo y cariño: un día la utilería del set falló justo en una toma clave y lo que debía ser un gadget impresionante terminó siendo un simple ventilador que desordenó el vestuario de todos. Barbara lo contaba como una catástrofe doméstica que, sin embargo, provocó la mejor toma porque la reacción de los actores fue genuina y nadie pudo evitar reír.
En general, su repertorio de historias incluía ese tipo de pequeños desastres transformados en oro cómico, y también momentos de camaradería con el reparto. Yo disfruto especialmente cuando recuerda a Don Adams por su timing y por cómo se adaptaba a cualquier situación absurda; esas imágenes quedan vivas en su relato y te hacen sonreír.
2026-07-20 20:41:45
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Me quedé afuera del salón privado y escuché reír a sus hombres.
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Suspiró con desprecio antes de sentenciar con frialdad:
—Pero Clara es mi esposa legal. El fideicomiso familiar y el acta de matrimonio del registro civil están a su nombre. Stella no es más que un juguete que tengo guardado en la casa principal. En cuanto Clara dé a luz a un heredero, la traeré a casa para siempre.
Apreté la caja de antiácidos hasta que mis nudillos palidecieron; el cartón se arrugó en mi mano.
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—Valeria, ¿en quién estás pensando?
—Valeria, solo puedes pensar en mí.
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***
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Hasta que descubrió la verdad.
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En el baño de la oficina, oí a alguien hablando mal de mí.
Era la pasante a la que guié durante tres meses. Se quejaba:
—Es una vieja bruja sin tacto, como un robot con el cerebro apagado.
Yo ya estaba a punto de abrir la puerta para interrumpirlas cuando otra, entre risas, remató:
—Faltan papeles. Las facturas no están en regla. Sin la firma del director no se puede pagar. ¡Ya nos sabemos de memoria sus frases de siempre; puro teatro!
Cuando se fueron, regresé en silencio a mi oficina.
La pasante azotó una pila de solicitudes de reembolso con sus facturas adjuntas sobre mi escritorio.
—No vayas a buscar cualquier pretexto para negarles el reembolso otra vez.
Eché un vistazo a las facturas falsas y, por primera vez, no las cuestioné.
Esta vez, sonreí apenas:
—Me duele la cabeza; no logro leer bien la letra.
Tengo un cariño especial por las comedias de espías clásicas y «Get Smart» siempre me saca una sonrisa.
Barbara Feldon interpretó a Agente 99 en la serie «Get Smart». En la pantalla era inteligente, serena y con una presencia que equilibraba muy bien la torpeza hilarante de Maxwell Smart; su química con Don Adams era parte clave del encanto del show. 99 no era solo un interés romántico: muchas veces ella era la que resolvía problemas y mantenía las misiones en pie, mostrando una versión femenina del héroe que resultaba moderna para la época.
A mí me gusta pensar que su papel ayudó a cambiar cómo se veía a las mujeres en la comedia de acción: competente, elegante y con recursos propios. Al final, su interpretación sigue siendo un icono de la televisión clásica y se recuerda con cariño.
Me encanta recordar cómo algunas carreras cambian de rumbo después de un hit tan grande como «Get Smart». Yo creo que Barbara Feldon no desapareció; más bien se diversificó. Tras el éxito de la serie, siguió trabajando en televisión pero ya no como protagonista fijo: hizo numerosos papeles de invitada en series y apariciones en programas de variedades, además de participar en teatro y en publicidad.
Recuerdo haber leído entrevistas donde hablaba de disfrutar esa libertad: poder elegir proyectos puntuales, volver al teatro y dedicar tiempo a otras facetas creativas. También participó en reuniones y proyectos vinculados a la serie original, incluyendo una reunión televisiva que trajo de vuelta la nostalgia de «Get Smart». Al final se quedó como alguien asociada para siempre a Agent 99, pero con una carrera post‑serie más variada y menos encasillada, lo que a mí siempre me pareció un movimiento inteligente y bastante humano.
Me encanta recordar a las actrices que marcaron una época y Barbara Feldon es una de ellas: su Agente 99 en «Get Smart» tuvo un impacto enorme en la comedia televisiva de los años sesenta.
Fue nominada a premios Emmy por ese papel —recibió dos nominaciones por su trabajo en la serie— pero no llegó a ganar un Emmy. Eso no le quita mérito: en una época en que los personajes femeninos inteligentes y con chispa eran menos comunes, su desempeño destacó y quedó en la memoria de la gente.
Personalmente, siempre he pensado que esas nominaciones reflejan cómo su trabajo fue reconocido por la industria, incluso si la estatuilla no llegó. Me quedo con la fuerza del personaje y la manera en que Feldon rompió esquemas con humor y elegancia.
He pasado tardes enteras hurgando en archivos y sí, Barbara Feldon aparece mucho más en entrevistas que en libros autobiográficos.
No hay constancia de una autobiografía publicada con su nombre; su voz llegó al público a través de revistas, periódicos, apariciones televisivas y suplementos de DVD. Durante las décadas posteriores a «Get Smart» dio entrevistas para medios como revistas de entretenimiento y programas de televisión, además de participar en retrospectivas y documentales sobre la comedia televisiva. Muchas de esas conversaciones se conservan en archivos en línea, he visto transcripciones en hemerotecas y clips en sitios de vídeos.
Personalmente disfruto leer esas entrevistas largas donde recuerda el rodaje, su relación con los compañeros y cómo se vivía la fama en los sesenta. No es lo mismo que una autobiografía, claro, pero juntando varias entrevistas y perfiles se puede trazar una especie de memoria fragmentada y muy personal. Me deja la sensación de que su legado está repartido en momentos y voces, y me encanta reconstruir su historia a partir de eso.