LOGINMi esposo, Joaquín Halabe, y yo éramos dos mentirosos. Él me juró que olvidaría a Carmen Granillo, la mujer que nunca logró superar, pero tenía el celular lleno de fotos de ella. Yo le prometí que jamás lo dejaría, mientras planeaba un futuro sin él. Hace un mes, lo engañé para que firmara los papeles del divorcio. Hoy era el día en que por fin desaparecería de su vida. Faltaban tres horas: ya tenía todas las maletas listas y había comprado un boleto de avión para irme al extranjero. Faltaban dos horas: recorté todas las fotos en las que aparecíamos juntos hasta dejar solo mi imagen en el álbum. Faltaba una hora: coloqué cuidadosamente el acuerdo de divorcio sobre la mesa. Después de diez años amándolo, aquel era el primer día que lo dejaba.
View More—Lárgate.No quería decirle ni media sílaba más.Qué idea tan pésima la de Karina. Aún no había disfrutado ni un poco, y él ya había conseguido darme asco.Joaquín parecía incapaz de creer que esta vez yo hablara completamente en serio. Se levantó, intentando sujetarme, pero Samuel se interpuso.—No hagas el ridículo. Ya te dijo que te largaras. ¿No escuchaste?Frente a mí, Joaquín se mostraba sumiso y vacilante. Pero bastaba que apareciera otra persona para que recuperara el carácter.—¿Y a ti qué te importa?Lo recorrió con la mirada de arriba abajo y luego alzó la voz para preguntarme:—¿No quieres casarte conmigo por alguien así, por un tipo que vende café? ¿Qué puede darte él? ¿Con lo que gana vendiendo café le alcanzará siquiera para pagar el alquiler?Me enfurecí y estaba a punto de contestarle, cuando vi a Samuel alzar un dedo frente a Joaquín.—Ahí te equivocas. Esta cafetería no paga renta. Este edificio es de mi familia. No soy la gran cosa. Preparar café es apenas un pasati
Una semana después, Karina llegó a la ciudad. Pero el viaje le cayó fatal y terminó fuera de combate.No me quedó más remedio que ir a cuidarla a su hotel. Débil y sin fuerzas, me entregó la información del cliente con quien debía reunirse al día siguiente.Me quedé mirándola sin palabras. ¿Cómo podía alguien amar tanto el trabajo?Como ella seguía en cama, me tocaba ir en su lugar. Al final, el negocio era de las dos. Daba igual quién se encargara.Sin embargo, apenas llegué al hotel donde sería la reunión, me arrepentí.Llamé de inmediato a Karina.—No me dijiste que la reunión era con Joaquín.Karina estaba tan mal que apenas tenía fuerzas para hablar, pero al escucharme se espabiló de golpe.—¡Imposible! ¡Yo jamás cometería un error así!Mientras ambas intentábamos entender qué demonios había pasado, Joaquín apareció detrás de mí.—El Grupo Halabe también tenía tratos con ese cliente. Aproveché eso para pedirle que me dejara encargarme de esta reunión. Quería verte.Me di la vuelta
Aterricé en aquella desconocida ciudad costera con el corazón ligero.Compré una nueva tarjeta SIM y lo primero que hice fue contactar a Karina. Después bloqueé en todas mis redes sociales a cualquiera que tuviera relación con Joaquín.Ni siquiera abrí los videos que ya me habían enviado sobre cómo había llorado en el aeropuerto. Bloqueé, borré y dejé el teléfono completamente limpio. Nunca más volverían a aparecer en mi pantalla esas cosas desagradables.En esa ciudad me dediqué a impulsar la nueva etapa de la empresa, trasladando poco a poco el centro de nuestras operaciones.El trabajo me absorbía tanto que no me quedaba tiempo para pensar en hombres. Descubrí que vivir sin tener que preocuparme por uno era increíblemente liberador.Karina me llamó por videollamada y me contó, emocionada, que el proyecto de allá había terminado de manera impecable.Después de tantos tropiezos, por suerte el final había sido bueno y no había afectado las ganancias de ninguna de las dos.Le pregunté d
Joaquín empezó a alterarse mientras hablaba.Yo ya no quería seguir enredándome con él. Tomé mi maleta y me di la vuelta para irme, dejándole solo una frase.—El acuerdo de divorcio está sobre la mesa. Léelo tú mismo.Pedí un auto para ir al aeropuerto.En cuanto escuchó mis palabras, Joaquín entró corriendo a la sala.Sobre la mesa estaba el acuerdo de divorcio que yo había preparado hacía tiempo, con su firma al pie.Su caligrafía era firme y enérgica. Siempre alargaba un poco el último trazo de su firma.Era imposible que Joaquín no reconociera su propia letra. Pero no tenía idea de cuándo había firmado el documento que sellaba nuestra despedida definitiva.Recibí su llamada mientras iba camino al aeropuerto. No contesté. Saqué la tarjeta SIM, la partí en dos y la tiré.Al ver todo lo que hice, el conductor bromeó:—¿Se peleó con su novio?Lo negué con calma.—No. Con mi exesposo.El conductor era de los que, una vez que empezaban a hablar, ya no se detenían.—¿Qué tuvo que pasar pa
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