5 Answers
Me hace gracia rastrear cómo un gag tan básico como el pedo ha viajado por la animación española a lo largo de casi un siglo.
Al principio, la tradición del humor escatológico estaba más en la oralidad, el teatro popular y la prensa satírica que en dibujos animados; la animación española temprana, con obras como «Garbancito de la Mancha», tendía a ser didáctica o fantástica y evitaba lo grosero por las normas morales y políticas de la época. Fue con la llegada de las influencias angloamericanas —los acrobáticos «Looney Tunes» y el humor de «Tex Avery» que no siempre llegó de forma literal, pero sí dejó la idea de la licencia cómica física— cuando los creadores españoles empezaron a jugar más con efectos sonoros y gags corporales.
Durante la dictadura, la autocensura y la corrección oficial limitaron los desplantes más burdos; sin embargo, en la historieta de humor y en la tradición popular ya existía esa chispa irreverente, visible en cómics como «Mortadelo y Filemón». Con la apertura cultural de los años 80 y la Movida, el humor escatológico se integró en propuestas televisivas y animadas más transgresoras; hoy convive tanto en series infantiles que lo usan con prudencia como en productos para adultos que recurren a él con descaro. En lo personal, me parece un espejo curioso: sirve para reír, incomodar y medir límites culturales según la época.
Me resulta interesante cómo algo tan simple tiene raíces culturales que se remontan incluso a la picaresca y al teatro clásico español.
Si lo pienso desde la perspectiva cultural, el pedo en la comedia no es solo una broma física: es un marcador de clase, de rebeldía y de transgresión de normas de etiqueta. En la literatura picaresca y en las viñetas satíricas siempre hubo un gusto por lo grosero como arma crítica; la animación tomó ese legado pero lo filtró por las restricciones de cada era. Bajo la censura franquista se optó por la elipsis o por la comicidad no explícita; con la transición y la democratización del humor, la burla corporal recuperó fuerza.
También hay una dimensión sociolingüística: lo que en una generación se considera vulgar, en otra puede ser simplemente cotidiano. Por eso la presencia del pedo en la animación española cuenta una historia más amplia sobre la normalización del lenguaje y del humor en la cultura visual. Me fascina cómo un sonido tan elemental puede servir para leer cambios sociales.
Mi sobrino siempre señala las escenas donde suena un pedo y se parte de risa: así empezó mi curiosidad por lo que toleramos en los dibujos.
Desde mi posición de adulto que mira mucho animado infantil, veo que los creadores españoles han aprendido a usar esos gags con cuidado: en programas dirigidos a niños suele haber autocontrol, gestos exagerados y nada demasiado gráfico; en cambio, en películas o series para públicos mayores aparece con intención cómica más evidente. También noto que las reacciones varían por generaciones: antes era tabú, ahora forma parte del repertorio humorístico.
Eso me hace pensar que el pedo en la animación funciona como un termómetro cultural y, personalmente, me resulta divertido cuando se integra con ingenio. Al final es una risa sencilla que copia la vida cotidiana y la transforma en espectáculo.
De joven me quedaba horas analizando cómo se construía una broma sonora y el pedo era un recurso recurrente y tan sencillo como eficaz.
En la animación española moderna lo veo como una herramienta técnica: el tempo del silencio antes del sonido, la exageración del efecto, la música que acentúa la caída… todo se mide para que el gag funcione sin resultar gratuito. Hay una línea fina entre el gag físico que hace reír a los niños y el chiste que busca chocar; los guionistas y foley artists lo saben y lo calibran según público y horario.
Además, la historia del pedo en nuestra animación no es aislada: viene de la tradición gráfica y cómica local, pero también de la televisión internacional que llegó aquí doblada y con referencias que se adaptaron. Personalmente, disfruto cuando esa vulgaridad se usa con ingenio, no solo por provocar, porque entonces revela mucho sobre el ritmo y la intención de la pieza.
Veo montajes y clips virales en redes donde rescatan pedos de viejas series españolas y ahí se ve lo contemporáneo: el gag se recicla y se comparte con memes.
Desde mi punto de vista juvenil, la historia del pedo en la animación española es una mezcla de tradición local, influencia extranjera y la llegada de internet que recontextualiza todo. Un chiste que en los 60 habría sido silenciado hoy vive una segunda vida en clips de 20 segundos; además, los creadores nuevos recuperan guiños de cómics como «Mortadelo y Filemón» o programas iconoclastas de los 80 para jugar con la nostalgia.
Me encanta cómo algo tan simple se reinventa: lo ves en street art, en foley creativo y en sketches que se viralizan. Para mí, esa capacidad de adaptación es lo que hace que el gag del pedo siga presente y siga provocando carcajadas.