Me meto de lleno en este tema porque es algo que veo todos los días en redes: el negacionismo no solo distorsiona hechos, sino que erosiona la confianza entre personas. Para combatirlo desde España conviene combinar estrategia, paciencia y herramientas concretas; aquí explico lo que funciona cuando me toca intervenir, compartir o coordinar con otras personas y colectivos. Lo primero es entender por qué surge el negacionismo: suele alimentarse de desinformación rápida, sesgos cognitivos y comunidades cerradas. No gana quien grita más fuerte, sino quien consigue presionar el algoritmo y dar coherencia narrativa. Por eso yo priorizo la prevención (prebunking) antes que el refutado reactivo: crear material claro y fácil de consumir que explique conceptos básicos —por ejemplo sobre vacunas, cambio climático o hechos históricos— usando datos de fuentes sólidas: Ministerio de Sanidad, Instituto de Salud Carlos III, EFE Verifica, «Maldita.es» o «Newtral». Hacer hilos, vídeos cortos y gráficos accesibles ayuda a que la información fiable llegue con más facilidad a quien todavía duda. Cuando me enfrento a publicaciones negacionistas, evito el sarcasmo y la humillación; funcionan mejor las preguntas que invitan a pensar y los mensajes que ofrecen evidencia verificable. Sigo la regla de no repetir la mentira sin contextualizarla: hay que señalar la falsedad brevemente, explicar por qué es errónea y presentar la explicación correcta con fuentes enlazables. Uso técnicas de inoculación: advertir sobre tácticas comunes de desinformación (manipulación de imágenes, citas fuera de contexto, cifras sin referencia) antes de que aparezcan para que la audiencia sea más crítica. También me interesa responder en el idioma y el registro adecuados: comunicar en castellano y, cuando toca, en catalán, euskera o gallego para conectar mejor con comunidades locales. No se puede dejar todo a la buena voluntad: las herramientas de plataforma importan. Reportar contenido que viole las normas, marcar cuentas bots y pedir verificación de hechos en las funciones que ofrecen X, Facebook o Instagram es parte del trabajo. Además, colaborar con periodistas locales, fact-checkers y organizaciones de alfabetización mediática amplifica el mensaje: he visto cómo una verificación de «Maldita.es» reduce la circulación de bulos en horas. Crear redes de difusión con influencers científicos, sanitarios y docentes ayuda a contrapesar la narrativa negacionista, y medir el impacto (alcance, interacciones, cambios en la conversación) permite ajustar el enfoque. En lo personal, intento mantener la coherencia: publicar con regularidad material educativo, responder con respeto y construir comunidad alrededor del pensamiento crítico. Cambiar la cultura informativa lleva tiempo, pero pequeñas acciones —una corrección bien argumentada, un enlace fiable compartido en el momento justo, una campaña de prebunking en redes locales— suman. Al final, la mejor defensa frente al negacionismo es una sociedad más crítica, informada y colaborativa; trabajar por eso vale la pena y siempre deja una sensación de avance.