No puedo evitar recordar la forma directa en que David Rieff caracterizó la trayectoria intelectual de Susan Sontag: como una obra hecha para mover a la discusión pública y a la reflexión exigente.
Rieff subraya, en mi opinión, la doble cara de sus textos: por un lado, una claridad estilística y una ferocidad intelectual que hacen de sus ensayos armas retóricas; por otro, una sinceridad moral que obliga al lector a mirarse frente al espejo. Para él, la escritura de Sontag no era neutral ni meramente académica, sino
comprometida, dispuesta a intervenir sobre lo real. Aceptaba, eso sí, señalar sus contradicciones: la tensión entre su posición pública y su vida privada, o entre su radicalismo teórico y las concesiones prácticas.
Personalmente, esa lectura me hace valorar a Sontag no como una autora perfecta sino como una creadora necesaria: alguien que empujó los límites del ensayo y que, con todas sus ambigüedades, logró mantener vivo el debate cultural y ético. Rieff, según lo entiendo, la respeta profundamente y a la vez la examina con rigor filoso.